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La envidia: una sombra del alma que se vence con humanidad

La envidia: una sombra del alma que se vence con humanidad
Redacción
  • Publishedenero 5, 2026

 

Por: Ángel Ruiz-Bazán

La envidia es una de las emociones más antiguas del ser humano. Nace, casi siempre, del miedo a no ser suficiente, de la inseguridad que brota cuando el brillo ajeno nos recuerda nuestras propias carencias. No surge del odio verdadero, sino de la comparación constante, de esa tendencia a medir nuestro valor en función de los logros de los demás. Sin embargo, cuando la envidia se instala en el corazón, no construye: corroe.

La envidia no daña al envidiado; hiere, ante todo, a quien la siente. Deforma la mirada, endurece el gesto y apaga la alegría. Convierte el éxito ajeno en una afrenta personal y transforma la admiración —que podría ser motor de crecimiento— en resentimiento. Desde ahí, el ser humano deja de caminar con dignidad y comienza a reaccionar con saña, con palabras hirientes, con silencios calculados o con acciones destinadas a frenar al otro.

Pero la vida nos ofrece una lección mucho más elevada: el triunfo de alguien cercano no es una amenaza, es una bendición compartida. Cuando un amigo, un familiar o un compañero alcanza una meta, lo sensato, lo humano y lo noble es alegrarse sinceramente. Su victoria no nos empequeñece; al contrario, nos recuerda que los sueños son posibles. Celebrar el éxito ajeno es una forma de madurez emocional y de grandeza interior.

Trabajar al lado de alguien que se destaca en su profesión debería ser motivo de orgullo, no de confrontación. Estar cerca de personas talentosas, disciplinadas y brillantes es una oportunidad de aprendizaje, no una excusa para la hostilidad. Quien reacciona con actitudes aguerridas, contradictorias o destructivas frente al talento ajeno, revela no fortaleza, sino fragilidad. La excelencia no se combate; se observa, se aprende y se respeta.

La envidia, cuando no se reconoce ni se trabaja, puede escalar peligrosamente, sobre todo cuando se mezcla con el poder. Desde cualquier posición de autoridad —sea institucional, profesional o social— existe una responsabilidad moral ineludible: ejercer el poder con humildad y justicia. Utilizar una cuota de poder para maltratar, excluir o dañar a alguien por envidia es una de las formas más tristes de corrupción del alma. No hay peor miseria que la de quien, sintiéndose pequeño, intenta aplastar al otro para sentirse grande.

El poder auténtico no humilla, no persigue, no castiga por resentimiento. El poder verdadero eleva, protege y crea oportunidades. Quien ha sanado su envidia no necesita imponerse; quien se reconcilia consigo mismo no teme el brillo ajeno.

La envidia puede vencerse. Se vence con autoconocimiento, con gratitud, con la capacidad de reconocer el valor propio sin negar el valor del otro. Se vence cuando entendemos que la vida no es una competencia despiadada, sino un camino compartido donde cada quien tiene su tiempo, su talento y su misión.

Alegrarse por el éxito ajeno no nos hace menos; nos hace más humanos. Y en un mundo donde abundan las sombras, ser humano —de verdad— es ya un acto de valentía y de luz.

 

Nota:»La Prensa Tras La Verdad.Se reserva el derecho de publicar trabajos de Opinión u otras categorías,con errores de sintaxis/redacción. Como también no somos responsables de los conceptos emitidos por su autor»
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