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Por Yelandra Sánchez Carbonell
La corrupción es sistémica
Un sistema donde el poder no enfrenta consecuencias reales genera comportamientos previsibles. No produce excepciones; produce patrones. En ese entorno, la corrupción no aparece como anomalía, sino como resultado racional. No como desviación, sino como expectativa. El diseño importa más que la moral declarada. El delincuente común viola la ley desde fuera. Es visible, torpe, ruidoso. El sistema lo identifica, lo persigue y lo castiga.
El corrupto sofisticado opera desde dentro. Utiliza contratos, intermediarios, favores cruzados, silencios estratégicos. No rompe la ley; la interpreta, la dobla, la administra. Y casi nunca actúa solo.
El sistema, casi siempre, persigue al primero y negocia, protege o posterga al segundo. Ahí está la diferencia entre delito y arquitectura de poder. Los escándalos recientes los que hoy incomodan al gobierno y los que la prensa internacional observa con creciente atención no revelan un colapso moral repentino. Revelan algo más inquietante: la normalización del abuso sin costo.
La tragedia no es que exista corrupción. La tragedia es que ya no sorprende.
Cuando el escándalo se vuelve rutina, la indignación pierde filo. Y cuando la indignación se desgasta, lo que queda es resignación. En ese punto, la política deja de ser conducción del Estado y se transforma en administración de privilegios, con narrativas diseñadas para contener el daño, no para corregir la estructura que lo produce.
La erosión más peligrosa no es legal, sino simbólica: la pérdida de confianza. Y la confianza pública es el activo más difícil de reconstruir para cualquier Estado. No se recupera con discursos, ni con comisiones temporales, ni con promesas de ocasión. Se recupera con reglas claras, estables y aplicadas incluso y sobre todo a quienes ejercen el poder.
Esto no es un alegato moral. Es un análisis de incentivos. Un entorno donde la cercanía al poder funciona como póliza de seguro genera cinismo. Un sistema donde la lealtad personal pesa más que la institucionalidad produce redes, no República.
Y una cultura donde el costo de abusar del poder es bajo o inexistente crea una élite racionalmente irresponsable. El cinismo, además, es más peligroso que la corrupción misma.
Porque el cinismo dice: “Así funcionan las cosas.” Y cuando una sociedad acepta esa frase, deja de exigir. No nacemos corruptos. Pero podemos acostumbrarnos a la corrupción.
Y esa costumbre esa tolerancia elegante, esa negociación silenciosa, ese “no es para tanto” es el verdadero enemigo. No porque sea escandalosa, sino porque es eficaz. Mata la exigencia, neutraliza la presión social y convierte cada crisis en un episodio más del mismo ciclo.
La pregunta, entonces, no es si hay corrupción. La pregunta es si seguimos diseñando o tolerando un sistema que la hace rentable. La elección no es moral. Es estratégica.
O se construyen instituciones capaces de limitar al poder real, con consecuencias claras y previsibles, o se seguirá administrando la decadencia con comunicados, gestos simbólicos y cambios cosméticos.
No se trata de pureza. Se trata de estructura. Y mientras esa estructura no cambie, la pregunta seguirá siendo la misma, una y otra vez, con distintos nombres y los mismos resultados:
¿Nacemos corruptos o simplemente aprendemos, demasiado bien, cómo funciona el sistema?
FUENTE: EL NUEVO DIARIO
Nota:»La Prensa Tras La Verdad.Se reserva el derecho de publicar trabajos de Opinión u otras categorías,con errores de sintaxis/redacción. Como también no somos responsables de los conceptos emitidos por su autor»

