Pelegrín E. Castillo Arbaje
Mientras estas líneas son publicadas, la dictadura castrista de Cuba se encuentra en un callejón sin salida aún más delicado que el de la década de los noventa en el denominado “periodo especial” tras el colapso de la Unión Soviética. El régimen en La Habana se encuentra sin aliados que genuinamente decidan apoyar su continuidad en el poder, y es que con la captura del narcodictador venezolano Nicolas Maduro, el principal soporte económico de los cubanos quedó removido por un chavismo complaciente y dócil a los intereses de Washington DC. Por otra parte Rusia (que no goza de buena reputación a la hora de defender a sus aliados) vacila y solo dice ser una parte interesada de una solución a la crisis actual.
Con las reservas de gasolina que se agotan en marzo, el cese del envío petrolero por parte de México y Venezuela, sumado a que los EE.UU dio acceso solo a los contados actores privados para que puedan comerciar combustible en la isla, con la condición de que el gobierno cubano no forme parte de estas transacciones. Bajo ese mismo condicionamiento de que la dictadura no puede tocar un solo dólar de ayuda internacional, los EE.UU viene dando ayuda humanitaria tras el huracán Melissa a través de la Iglesia Católica en ese país, que viene siendo el único actor con capacidad de mediación y credibilidad para una potencial transición y sin lugar a dudas representa una mala señal para los comunistas que detentan el poder.Las opciones que se plantean son bastante claras: o se accede a una transición paulatina y a un cambio de modelo político y económico de forma ordenada o se generan las condiciones en las cuales se provoca un estallido social mediante movilizaciones populares que serían reprimidas brutalmente por el régimen. En cualquier escenario, los Estados Unidos han dejado claro que poseen planes para “el día después” y serán el actor exterior protagónico que encauce la transición.Lo más idóneo es que dicho proceso sea liderado por los propios cubanos, por todos, los de la isla y los del exilio. Para ello se requerirá necesariamente de mucha madurez política y empatía ya que hablamos de un pueblo dividido y herido en su alma profundamente. Muchos (no todos) de los de fuera ven a los de dentro como los responsables de haber expulsado a generaciones de la isla, de quitarle sus propiedades, apresar a sus familiares, reprimir a sus amigos y volver a su país en la isla-prisión más grande del mundo. Por otra parte los de dentro ven a los de fuera como apátridas o gusanos, los ven como un grupo de gente débil y traidora a la revolución, como vasallos del imperio que no solo subyuga a su país, sino al mundo entero.La ruta hacia la libertad para el sufrido pueblo cubano será un camino cuesta arriba que requerirá una profunda reforma económica, política y jurídica para abrir al mundo a un país atrapado en el tiempo. Pero el éxito o fracaso de esta transición está necesariamente sujeto a la apertura de espíritu y humanidad entre aquellos que se consideran sucesores del proyecto político iniciado por José Martí y requiere. Para ello ambos grupos deberán necesariamente querer a su patria, pero nunca ofrecer como alternativa la muerte sino al lado de la vida, y todos los latinoamericanos que tenemos la dicha de vivir en un países libres debemos ofrecernos como orientadores de los hermanos cubanos en este proceso incierto y lleno de dificultades pero que bien orientado puede llevar a esa isla a puerto seguro.
FUENTE : EL NUEVO DIARIO
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