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El ocaso del último imperio de la tiranía en América

El ocaso del último imperio de la tiranía en América
Redacción
  • Publishedmarzo 13, 2026
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Por: Alexander Olivence Grullon.

En la geografía política de América Latina, existe un punto gris que durante décadas ha sido señalado como el «error geológico» de nuestra historia contemporánea. No se trata de un accidente del terreno, sino de un accidente de la humanidad: la dictadura castrista en Cuba.

Durante demasiado tiempo, una corriente de pensamiento ingenua, y en muchos casos cómplice, quiso vendernos la idea de que el régimen de La Habana era una suerte de «dictablanda», un reducto romántico de la revolución, o peor aún, un modelo a seguir. Nada más alejado de la realidad. Cuba no es una dictadura más. Es el laboratorio original, la raíz madre de la ideología que infectó a toda América Latina con el virus del odio, el resentimiento de clases y la confrontación estéril.

Desde los años 60, ese régimen se encargó de exportar una fórmula tóxica: la de que el fin justifica los medios, la de que la libertad individual es un estorbo para el «bien común» impuesto por un puñado de hombres envejecidos en el poder. Esa semilla, regada con dinero y armas, germinó en guerrillas, terrorismos de Estado y proyectos populistas que solo supieron producir miseria, represión y éxodos masivos en todo el continente. La historia de sufrimiento del pueblo cubano no es solo la historia de una isla; es la herida abierta de una América que creyó en el espejismo de la utopía.

Hoy, sin embargo, el viento sopla en dirección contraria. La máscara de la «revolución» se ha caído definitivamente. Lo que vemos hoy en las calles de La Habana, en las ciudades de la isla y, sobre todo, en la mirada de los jóvenes cubanos que no conocen otro sistema que la escasez, es el rostro del agotamiento histórico.

Este régimen, que durante 65 años se sostuvo con el pecho inflado de retórica, hoy se tambalea por la realidad más contundente: el hambre, la falta de medicinas y el hartazgo de un pueblo que ha demostrado una resiliencia inquebrantable. Con el colapso de sus principales valedores económicos y geopolíticos, y ante la indiferencia de un mundo que ya no compra sus cuentos de hadas, la tiranía parece más cerca de caer que nunca.

Y cuando ese día llegue, no será solo una victoria del pueblo cubano, que tanto ha sufrido y tanto ha luchado. Será una victoria de la dignidad humana sobre la barbarie disfrazada de ideología. Será la prueba irrefutable de que las ideas de libertad, propiedad y respeto por la vida terminan por imponerse, aunque sea a costa de décadas de resistencia.

Cuando el último símbolo de aquella infección ideológica caiga, el mundo entero tendrá algo que celebrar. No celebraremos la desgracia de un pueblo, celebraremos el fin de su desgracia. Celebrará la América que quiere progresar, la que cree en el trabajo, la que no le tiene miedo al futuro ni al nombre de las cosas.

La libertad no es una palabra bonita para poner en los discursos; es la gasolina que mueve a las sociedades hacia adelante. Y los cubanos, al fin, están a punto de llenar el tanque.

¡VIVA CUBA LIBRE Y VIVA LA LIBERTAD, CARAJO!

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