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Por Tony Salomón
Abogado
Las restricciones sin equilibrio pueden encender el descontento social.
Las recientes medidas que limitan actividades tradicionales del pueblo han reabierto un debate necesario: ¿se está gobernando para ordenar o prohibir?
Mientras los polos turísticos operan con plena ocupación, a los ciudadanos sin acceso a esos espacios se les restringe el derecho a participar en prácticas culturales de décadas. Esta desigualdad en la aplicación de normas debilita la confianza y aumenta la frustración en un contexto económico ya tenso.
La historia demuestra que las restricciones mal enfocadas no apagan conflictos, los provocan. El recuerdo de abril de 1984 sigue siendo una advertencia: cuando la presión social y económica se acumulan, respuesta puede ser espontánea e incontrolable.
Limitar el derecho a compartir y disfrutar, sin alternativas ni dialogo, no fortalece el orden; lo pone en riesgo. Más aún en una sociedad donde los canales de liderazgo y medición son cada vez más débiles.
Gobernar no es solo poner reglas, es entender al pueblo. Porque cuando la gente siente que se les niega incluso el derecho a disfrutar, el problema deja de ser político y se convierte en social.
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