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Por: Ángel Ruiz-Bazán
La historia de la universidad más antigua del Nuevo Mundo no solo se escribe con fechas y decretos: también se construye con palabras, símbolos y nombres. La institución erigida mediante la bula In Apostolatus Culmine, promulgada el 28 de octubre de 1538 por el papa Paolo III, nació con una identidad clara y solemne: Universidad de Santo Domingo. Ese nombre, repetido tres veces en la bula más antigua que existe —una copia fiel, original y legalizada de 1541, que tuve el privilegio de tener en mis manos en el Archivo General de Indias, en Sevilla, España— constituye, sin lugar a dudas, su acta de nacimiento.
Aquel documento, junto a otros de la época fundacional —como la Súplica de los Dominicos y el asentamiento en las Ruvichelli en la Santa Sede— que rescate en Roma, formó parte del proceso de rescate de la memoria histórica que llevé a cabo con la orientación y sustentación académica de la doctora honoris causa de la UASD, Sor Águeda Rodríguez Cruz. Este esfuerzo no fue solo una labor archivística, sino un acto de reivindicación de la identidad primigenia de nuestra universidad.
Los nombres a través del tiempo
A lo largo de casi cinco siglos, la Universidad de Santo Domingo ha experimentado varios cambios de nombre, reflejo de las transformaciones políticas, sociales e ideológicas del país:
• 1538 – Universidad de Santo Domingo
Nace oficialmente mediante la bula In Apostolatus Culmine. Este es su nombre fundacional y el que aparece en el documento pontificio.
• Siglo XVI – Real y Pontificia Universidad del Fray Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino
Bajo el amparo de la Corona española y la Iglesia, adopta un nombre que resalta su carácter escolástico y su vinculación con Santo Tomás de Aquino. Este título refleja su estatus de universidad real y pontificia.
• 1866 – Instituto Profesional
Tras la Restauración de la República, mediante disposición del Estado dominicano, se transforma en Instituto Profesional. Este cambio responde a un contexto de reorganización nacional y secularización de las instituciones.
• 1914 – Universidad de Santo Domingo
Mediante la Ley No. 5770, se restituye su condición universitaria y se retoma el nombre de Universidad de Santo Domingo, en un intento de reconectar con su tradición histórica.
• 1961 – Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD)
Con la caída de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y mediante la Ley No. 5778, promulgada bajo el gobierno de Joaquín Balaguer, se le otorga la autonomía universitaria. Desde entonces, adopta su nombre actual.
Reflexión: nombres que revelan épocas
Cada cambio de nombre ha sido, en esencia, un espejo de su tiempo. La denominación Real y Pontificia respondía a una sociedad profundamente marcada por la monarquía y la Iglesia. El paso a Instituto Profesional evidenciaba una ruptura con el pasado colonial y una búsqueda de modernidad. La restitución del nombre Universidad de Santo Domingo en 1914 fue un acto de reivindicación histórica, mientras que el calificativo de Autónoma en 1961 representó la conquista de una libertad largamente anhelada.
Sin embargo, cabe preguntarse: ¿eran necesarios todos estos cambios? ¿Aportaron realmente algo a la esencia académica de la institución?
La academia, en su naturaleza más pura, se fundamenta en la continuidad del pensamiento, en la tradición del saber y en la estabilidad de sus principios. En ese sentido, los cambios de nombre parecen responder más a coyunturas políticas que a necesidades académicas reales.
Un contraste necesario
Universidades como la Universidad de Salamanca y la Universidad de Alcalá —madres intelectuales de la de Santo Domingo— han mantenido sus nombres a lo largo de los siglos, pese a atravesar monarquías, repúblicas, guerras y profundas transformaciones sociales. Su identidad nominal ha permanecido intacta, como símbolo de continuidad y respeto por su origen.
¿Por qué, entonces, la Universidad de Santo Domingo no ha seguido ese mismo camino?
El nombre como esencia
La bula papal In Apostolatus Culmine no es solo un documento histórico: es el acta de nacimiento de nuestra universidad. En ella, el nombre Universidad de Santo Domingo no es circunstancial ni decorativo; es fundacional, esencial, legítimo.
A la luz de esta realidad, surge una interrogante inevitable:
¿no sería oportuno rescatar el nombre original?
No se trata de desconocer la autonomía conquistada en 1961, ni de ignorar los avances logrados bajo la denominación actual. Se trata, más bien, de reflexionar sobre la identidad profunda de la institución, sobre aquello que la define más allá de las coyunturas históricas.
Rescatar el nombre original sería, quizás, un acto de justicia histórica. Un reencuentro con su esencia. Una afirmación de que, más allá de los vaivenes del tiempo, sigue siendo —como lo fue en 1538— la Universidad de Santo Domingo.
Nota:» La Prensa Tras La Verdad. Se reserva el derecho de publicar trabajos de Opinión u otras categorías, con errores de sintaxis/redacción. Como también no somos responsables de los conceptos emitidos por su autor.

