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Por: Ángel Ruiz Bazán.
—La UASD necesita volver a mirarse a sí misma —dijo uno con serenidad—. Recordar quién es, de dónde viene y hacia dónde debe caminar.
—La Primada de América no puede conformarse solamente con su historia —respondió el otro—. Debe convertir ese legado en futuro, en conocimiento, en investigación, en desarrollo humano.
Ambos guardaron silencio por un instante, como si escucharan las voces que durante siglos han recorrido los pasillos de la Universidad Autónoma de Santo Domingo: estudiantes soñando con un mejor país, profesores defendiendo el pensamiento crítico, empleados sosteniendo día tras día el funcionamiento de la academia estatal dominicana.
—La universidad tiene que abrir más sus puertas al pueblo —continuó uno de ellos—. La UASD no puede vivir aislada. Debe sentirse en los barrios, en las provincias, en las comunidades, en cada joven que necesita una oportunidad para transformar su vida.
—Y también debe ser más humana —contestó el otro—. Una universidad cercana a su gente, inclusiva, sensible, capaz de escuchar a quienes históricamente han sido olvidados. Una academia donde todos puedan sentirse parte de una misma familia universitaria.
La conversación parecía recorrer no solo ideas, sino también sueños pendientes.
—Necesitamos una universidad moderna —dijo uno mientras observaba el horizonte imaginario de la institución—. Laboratorios fortalecidos, investigación científica, innovación tecnológica, estudiantes para competir con excelencia en cualquier escenario internacional.
—Pero sin perder el alma —añadió el otro—. Porque la UASD no es solamente edificios y aulas. Es conciencia social, pensamiento crítico, cultura, arte y compromiso con la nación dominicana.
El diálogo continuó entre reflexiones y convicciones profundas.
—La defensa del medio ambiente debe convertirse en una prioridad universitaria —expresó uno con firmeza—. La academia tiene que educar para proteger los ríos, los bosques y los recursos naturales. El futuro del país también depende de esa conciencia ecológica.
—Y junto a eso —respondió el otro— debemos dignificar la vida de los universitarios. Mejor calidad de vida para profesores, empleados y estudiantes. Más oportunidades, más derechos, más respeto humano y profesional.
Las palabras parecían entrelazarse con la propia historia de la universidad más antigua del continente americano.
—La Primada tiene el deber de rescatar su grandeza histórica —afirmó uno—. No basta con recordar que fuimos los primeros. Hay que volver a ser referencia académica, científica y moral para América Latina.
—Ese es el gran desafío —contestó el otro—: construir una universidad capaz de honrar su pasado mientras transforma el futuro.
Entonces ambos coincidieron en una misma mirada, en una misma visión, en un mismo compromiso con la UASD y con el país.
Y como una promesa nacida desde el corazón mismo de la academia estatal dominicana, las palabras finales parecieron resumir el espíritu de todo aquel diálogo:
“Haremos de la Primada la Primera.”

