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Almanaque Tricolor de Bandera

Almanaque Tricolor de Bandera
Redacción
  • Publishedagosto 16, 2026
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Crònica:

Ha fallecido Antonio Thomén, el más amigo de los amigos, y el más patriota entre los genuinos patriotas en RD.

 

En estas fotos de 1965, Tony es custodiado por militares invasores. El contó el episodio, y su relato es quizás su mejor presentación ante todos. En su memoria, hoy que ya no está, publicamos su testimonio del suceso, como patrimonio de lo mejor de este país.

“Cincuenta años después, lo recuerdo de esta manera” por Antonio Thomén.

“Sucedió un mediodía, después de haberse firmado el documento mediante el cual se restablecía la paz, tras varios meses de heroica resistencia ante la agresión y ocupación de nuestra patria por cuarenta mil marines norteamericanos, más algunos cientos de tropas amanuenses”.

“Estaba un servidor conversando con un par de amigos: el doctor Fernando Morbán Laucer, respetado odontólogo y arqueólogo, y José Ramón Rodríguez, marchante español de pura cepa, parados en el cruce de las calles El Conde esquina con Sánchez de la Ciudad Colonial, justo al frente del Edificio Copello (desde donde había resistido el Gobierno Constitucional presidido por el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó).”

“De repente, un pequeño grupo de estudiantes de escuela secundaria irrumpió en la esquina Oeste (calle Santomé) y, a ritmo de consignas anti-imperialistas, una jovencita quinceañera, súbitamente “desconectó” un cable que servía de comunicación telefónica a la tropa invasora. Acto seguido emprendió la fuga hacia el Este, por la misma calle El Conde. Un soldado invasor la persiguió. Al llegar la niña a la esquina próxima, casi nos roza y continuó perseguida por el militar”.

“Al pasar el marine frente a mí, instintivamente ejecuté un acto primo: extendí la pierna derecha, causando una estrepitosa caída al perseguidor, cuyos atuendos militares (casco y ametralladora) rodaron junto con el.
No bien se habría persignado un cura loco, se abalanzaron hacía mí un trío de soldados de color y la emprendieron a golpes de puño. Uno de ellos se desprendió del cinturón que albergaba su pistola de 45 milímetros y se cuadró ante mí en gesto agresivo”.

“Ante esta invitación provocativa, respondí de manera pacífica, expresando en idioma inglés: “¿Por qué contra mí, que soy tu brother. Mejor ataca a tus amos blancos”. Sorprendido por mi mansa reacción, el soldado recobró su arma y se la ciño nuevamente a la cintura. A seguidas, otros me sujetaron y fui trasladado hacia una pequeña habitación del Edificio Copello y encomendado en custodia a un par de marines fuertemente armados. Inmediatamente se estableció un diálogo en el idioma de ellos, comenzando por la presunción de que trataban con un comunista, a lo cual yo replique: “¿Y qué es eso?”. Luego, expresaron que no se irían de nuestro país, que permanecerían aquí para siempre”.

“Presumiendo de profeta contesté que, en cambio, de aquí serían trasladados a Vietnam, donde pronto sabrían lo que es bueno (“you will soon learn what´s good for you.”).
A continuación, el diálogo se centró en su condición de blancos vs. negros en los Estados Unidos. Eran tiempos de Martín Luther King y debo confesar que maliciosamente le mencioné al soldado de color que su raza era considerada inferior por sus amos. Que él no podía comer en la mesa de ellos; que no podía acostarse con la hermana de su compañero de armas, mientras que el blanco sí podía . . .”

“Como consecuencia de este extraño dialogo, sucedió algo inesperado: el soldado “ario” empuño su recién recibida ametralladora M-16, la cual estaba siendo estrenada en tierra quisqueyana. Le insertó una bala en la recamara, puso el cañón en mi sien y . . . apretó el gatillo. La bala no me impactó. Salió por la recamara. La escena se repitió dos o tres veces. En realidad no recuerdo cuantas veces. Lo que sí puedo recordar claramente es que no ensucié mis pantalones”.

“Al rato apareció un oficial norteamericano, un gigante blanco muy parecido a Rock Hudson, aquel galán cinematográfico que resulto ser homosexual, quien a seguidas inquirió qué había pasado conmigo. Yo, en el idioma inglés que aún manejaba, contesté que había tropezado con un

marine y, en consecuencia, éste había caído al suelo. Me preguntó, además, si los custodios me habían maltratado. Ahora mentí y negué haber sido golpeado; que sólo me habían tildado de motherfucker.”

“Acto seguido, el oficial superior (probablemente un mayor) se viró y le propinó una sonora “tabaná” al soldado negro. No supe más del incidente. Sí recuerdo que fui llevado en jeep y después de algunas vueltas por la ciudad, me entregaron a una dotación de los invasores habían establecido en la clínica del doctor Zaiter, la cual se encontraba cerca del río Ozama. La clínica, convertida en cárcel provisional estaba repleta de otros detenidos ese día”.

“Al cabo de un par de horas, fui trasladado junto con los demás prisioneros al palacio de la Policía Nacional, organismo que había, desde el comienzo de la guerra, colaborado con las fuerzas invasoras. Al poco rato de estar en el recinto policial, me topé con un viejo amigo, Guillermo Moncada, de origen hondureño, quien fungía allí con rango oficial. Después de enterarse del problema, me aseguró que en diez minutos retornaría: hablaría con el general Despradel, a la sazón jefe del organismo. En efecto, a poco regresó y comunicó a todos los detenidos que quedaban libres. Evidentemente, la policía no quería más problemas.
Este cuento verídico no requiere comentarios, excepto eterno agradecimiento eterno a mi Hada Madrina. Un psiquiatra amigo considera que fue una locura de mi parte. Me pregunto: ¿qué habría hecho él?.”

“Fuente externa”

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