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Por Tony Salomón
En un país donde hablar solo parece más coherente que escuchar las promesas de un político, Leonel Fernández marcó la diferencia.
La última década del siglo XX estuvo marcada por grandes transformaciones y por el surgimiento de nuevos paradigmas políticos. La República Dominicana se encontraba ante una etapa decisiva de su historia, en la que las viejas estructuras del liderazgo nacional comenzaban a enfrentarse a las exigencias de una sociedad que reclamaba nuevas respuestas.
El doctor Joaquín Balaguer, con más de ochenta años de edad, demostró que la experiencia política podía mantener vigente a un dirigente durante décadas. Su retorno al poder en 1986 abrió un período de diez años consecutivos de gobierno, hasta 1996, cuando entregó la Presidencia a una nueva generación de liderazgo político.
Balaguer representaba una época, una forma de ejercer el poder y una escuela política que había sobrevivido a profundas transformaciones nacionales. Su capacidad para mantenerse en el centro de las decisiones políticas constituía una demostración de su extraordinaria habilidad para interpretar los intereses y las circunstancias de su tiempo.
Sin embargo, la historia no se detiene ante la permanencia de sus protagonistas. Cada generación trae consigo nuevas aspiraciones, nuevas ideas y la necesidad de encontrar respuestas diferentes a los problemas de siempre.
Fue precisamente en ese escenario donde emergió Leonel Fernández.
Su llegada a la Presidencia en 1996 representó mucho más que un relevo generacional. Significó la oportunidad de introducir otra visión del Estado, de la economía y de la posición dominicana en el escenario internacional. Su juventud relativa, su formación intelectual y su capacidad discursiva proyectaron una imagen distinta del liderazgo presidencial.
Leonel encontró un país que necesitaba modernizar sus instituciones, ampliar sus horizontes y comprender que el desarrollo nacional no podía depender exclusivamente de las fórmulas políticas del pasado. La apertura hacia la economía global, la tecnología, las comunicaciones y la educación adquirieron una relevancia particular en la discusión sobre el futuro dominicano.
No se trata de afirmar que un liderazgo careciera de errores ni de convertir la historia política en un ejercicio de admiración personal. Se trata de reconocer que los dirigentes deben evaluarse por su trayectoria, sus decisiones, sus resultados y la capacidad que demuestran para responder a las exigencias de su tiempo.
La política dominicana ha producido dirigentes de distintas generaciones, pero no todos han logrado proyectar su influencia más allá del período que les correspondió gobernar. Algunos permanecen en la memoria por sus obras; otros, por sus discursos. Los verdaderos referentes son aquellos cuya trayectoria continúa provocando debate, evaluación y expectativas sobre el porvenir de la nación.
La historia política dominicana enseña que el poder puede heredarse como tradición, pero el liderazgo debe conquistarse con capacidad, visión y resultados.
Por eso, cuando se examina el tránsito de Joaquín Balaguer a Leonel Fernández, no basta con recordar fechas, elecciones o cambios de gobierno. Es necesario comprender la evolución de una sociedad que, al finalizar el siglo XX, comenzó a mirar hacia otros horizontes.
La pregunta que permanece vigente es si la política dominicana será capaz de producir liderazgos a la altura de las nuevas exigencias nacionales o si continuará atrapada en las promesas que se repiten cada cuatro años.
Porque gobernar no consiste en convencer al pueblo de que se tiene la razón. Consiste en demostrar, con hechos, que se tiene la capacidad de transformar su realidad.
Y es ahí donde la historia, implacable con los discursos vacíos, termina colocando a cada dirigente en el lugar que le corresponde.

