Por: Juan Taveras Hernández
juanth04@hotmail.com

Cuba es otro país después de la revolución que encabezó Fidel Castro. China es otro país después de la revolución dirigida por el gran “timonel” Mao Tse-Tung. Rusia fue otro país después de la primera revolución proletaria Bolchevique de Vladimir, Stalin, Trotsky, entre otros. Los países que hicieron revoluciones burguesas en Europa también fueron otros.

La Unidad Popular en Chile, con Salvador Allende elegido democráticamente, intentó convertir la patria de Neruda en otro país, pero la oligarquía con el apoyo de la CIA y las transnacionales estadounidenses asaltaron el Palacio de la Moneda, lo derrocaron y lo mataron. El camino hacia el socialismo mediante elecciones es imposible o muy largo.

Las revoluciones son sinónimo de cambios, de transformaciones, de sustituciones de un sistema económico, político y social, por otro, casi siempre más avanzado y progresista. Es la dialéctica social que impide el estancamiento de las cosas, incluyendo a los seres humanos.

Mi viejo compañero de tertulia literaria, Antoliano Peralta, consultor jurídico del Poder Ejecutivo, está convencido de que la República Dominicana será otro país cuando concluya el periodo de cambios que patrocina el presidente Luis Abinader, sin una revolución violenta, es decir, sin fusiles.

Será entonces dentro del sistema de la democracia representativa, que, en el caso nuestro, requiere -ciertamente- de una reestructuración para hacerlo real y eficiente.

La democracia dominicana tiene demasiadas falencias. El Estado dominicano está concebido para favorecer a grupos económicos, políticos y religiosos (aún tenemos vigente el anacrónico Concordato) que obtienen la mayoría de las riquezas nacionales mientras el pueblo se mantiene en la pobreza y la marginalidad, en un círculo vicioso que reproduce constantemente la desigualdad.

La corrupción ancestral, endémica, ha sido un factor determinante que pocos mandatarios en la historia han enfrentado seriamente, y los que han intentado suprimirla han terminado derrocados o muertos.

Luis Abinader tiene un compromiso con su familia, con su pueblo y con la historia. No quiere pasar como uno más, quiere dejar un legado para las generaciones venideras. Sabe que corre riesgos, pero los enfrentará sin importarle las consecuencias. Como dice Benedetti, uno de los poetas preferidos de Antoliano, “uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”.

Para que “este país sea otro” en términos institucionales y democrático, se requiere de un Ministerio Público independiente, y para lograr esa independencia de la política partidaria, es necesario constitucionalizarlo, crear un Ministerio de Justicia dotado de los recursos económicos, humanos y técnicos para que pueda actuar sin pedir permiso.

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