miércoles, mayo 18, 2022
InicioOpinionDe Tomás Bobadilla a Charles Summer

De Tomás Bobadilla a Charles Summer

Por Manuel Otilio Pérez Pérez

Desde Aguadilla (isla de Puerto Rico) el día 4 de febrero de 1871, el Prócer Tomás Bobadilla le dirigió la siguiente carta al Senador Charles Sumner:

Excmo. Sr. Charles Sumner
Miembro del Senado de los E.U. de la América del Norte,

Washington.

Excmo. Señor: Los ciudadanos dominicanos residentes en esta isla, que firman la adjunta protesta contra la anexión de Santo Domingo (la cual suplicamos a
V. E., se digne presentar al
H. Senado de la Unión Americana) me han dado encargo, de pasar a de V. E. la copia autorizada que también hallará adjunta, a fin de que, así como obedeciendo
V. E., a sus convicciones, ha emprendido la defensa de la amenazada independencia de un un pueblo libre, pueda con mayor apoyo, continuar la noble tarea que se ha impuesto, de impedir que una nación grande, poderosa, ilustrada y justa, cediendo a sus generosos impulsos, y a su buena fe sorprendida, venga a ser el instrumento de bastardos intereses.

Interpretando V.E. los sentimientos del pueblo que le confió su Representación en el Senado Americano, ha levantado su autorizada voz contra la anexión de Santo Domingo, propuesta por el General Báez al Gabinete de Washington.

Otros honorables miembros de ese Alto Cuerpo, consultando la conveniencia de ambos pueblos, se han unido a V.E., y juntos han combatido y combaten tan funesto pensamiento. Permitme pues, que ante todas cosas, os dé en nombre de mis correligionarios políticos, las más expresivas gracias, por tan noble, leal y desinteresado proceder.

Pero, para que pueda V.E., con mayor conocimiento de causa, continuar abogando por la libertad e independencia del pueblo dominicano, por el respeto que se deben las Naciones, así como para cumplir con el deber que me imponen mis amigos, mi edad y mi patriotismo, ha de permitirme V.E., que le haga la exposición fiel de las cosas de la República Dominicana. Y no será esta exposición, la expresión de mis agravios personales contra la administración Báez, que muchos podría articular, ni tampoco seré el eco de pasiones mezquinas, ni de intereses privados. No; que a mi edad octogenaria, en presencia de la tumba cuyas puertas se entreabren ya para mí, y de la posteridad que ha de juzgar mi vida pública, ni se miente, ni tienen imperio las pasiones. No; que para el patriota, para aquel que ha consagrado su vida entera al servicio de su patria, existen intereses de un orden más elevado: el bienestar de sus conciudadanos; el de la familia que se deja, el de los hijos que han de recoger el fruto de nuestros sacrificios: He aquí el móvil principal de aquellos que aman el suelo patrio que les vio nacer; he aquí también lo que me impulsa a dirigirme a V.E.

No me detendré en referir la historia de las desgracias que han pasado sobre la desventurada Española. Tampoco me ocuparé de las diversas transformaciones políticas que se han operado en ella, desde el descubrimiento hasta nuestros días, ni haré mención de la sangre heróica, que a torrentes han derramado sus hijos, por conservar su independencia, tantas veces arrebata por la ambición y la codicia de unos, y otras tantas reconquistada en los campos de batalla, por el valor y denuedo de otros. Estos hechos consignados en la historia os son conocidos, y habéis podido apreciar en más de una ocasión, el esfuerzo de un pueblo en cuyo corazón domina el santo amor a la libertad y a la independencia. Pero lo que debo manifestar a V.E., es la situación de aquel país, apenas puede el hombre imparcial y pensador, descubrir la verdad de las cosas, su corazón, sus tendencias, su resultado en fin.

Yo, que desde 1812, y aún puede decirse que de antes de esa época, vengo figurando en todos los acontecimientos públicos de aquel país, unas veces como actor, otras como espectador o víctima de la enemistad de los gobernantes; que tuve la honra de ser de los iniciadores del pensamiento que, en 27 de febrero de 1844, dió vida a la República Dominicana; que en más de ochenta años que cuento de existencia, he asistido a sus festines y a sus duelos; que he visto a ese pueblo en distintas ocasiones, levantarse formidable para derrocar a sus tiranos y sacudir el yugo de opresión, puedo con sobrada razón, con verdad, con la imparcialidad de aquel que considera ese acto como el último tal vez de su vida pública y que cerrará su carrera política, deciros, con la autoridad del anciano, cuál ha de ser el resultado de una anexión, que sólo la fuerza podrá realizar, y cuáles los males sin cuento, que serán la consecuencia de un acto, que sólo se consulten la conveniencia y los intereses de unos pocos, un desprecio de los intereses generales de dos pueblos, llamado el uno, a ser generoso protector del otro, sin atentar a sus libertades ni su existencia.

En Santo Domingo, Excmo. Sr., el terror y la tiranía, han sentado sus reales, cubriéndolo todo de luto y espanto. Los hombres de posición vagan en el osteacismo; las familias abandonadas gimen en su soledad; los hijos lloran la audiencia de sus padres, e inútilmente suspira la esposa por el regreso de su esposo, y los más esforzados patricios, cargados de grillos y prisiones, sufren sin causa la privación de su libertad.

La delación es un título a la consideración del actual gobierno del General Báez. La desunión llevada a las familias es el sistema adoptado para gobernar a ese pueblo, que agobiado por el peso de sus dolores, no se atreve a manifestar su opinión contraria a la que le impone el Poder, porque teme comunicar su pensamiento aun a aquellos que, por la naturaleza, están llamados a ser confidentes de nuestros pesares, los consultores de nuestros designios. Tal es el terror que inspira la administración de Báez; tal la desconfianza que ha sembrado dentro de los miembros de una misma familia, y tal es en fin la situación de aquella desventurada sociedad, que sus actuales gobernantes se empeñan en presentar al mundo como llena de contento y entusiasmo por la nueva transformación política que ellos le preparan ¡como si cubrirse de eterno baldón y legar el oprobio a sus hijos, pudiera llenar las aspiraciones de un pueblo libre!.

Así lo ha comprendido V.E., cuando ha rechazado con indignación, en el Honorable Senado de los Estados Unidos de América la anexión propuesta, porque sus patrióticos sentimientos se han visto lastimados por un acto que no nace de corazones nobles, porque no se comprende que un pueblo que tiene un porvenir brillante, se degrade hasta el extremo de rasgar su historia, hacer jirones una bandera que le cubre de imperecedera gloria, renunciar a sentarse en el Gran Congreso de las Naciones de América y abdicar su nacionalidad, para confundirse y perderse en un pueblo grande, es verdad, rico, poderoso, fuerte, ilustrado y de instituciones libres, pero que por muchas ventajas que ofrezca al pueblo dominicano, no podrá compensarle nunca el inmenso sacrificio que haga dándole en cambio su nacionalidad.

Los dominicanos, Excmo. Sr., sólo a España hubieran podido pertenecer anexados; porque su lenguaje, sus costumbres, su religión, sus inclinaciones, sus tradiciones, su arraigado amor a la independencia, sus nombres de familia, la sangre de sus venas, todo en fin les recuerda a sus nobles progenitores. Y sin embargo la asombrosa lucha que empeñaron con España, que les llevó su oro y lo derramó a manos llenas; que declaró válidos y subsistentes los actos de los gobiernos anteriores; que les dejó sus leyes; que les respetó la propiedad; que pagó su crecida deuda pública y amortizó el papel moneda circulante; que consideró los servicios prestados como si hubieran sido a la monarquía Española; que reconoció los grados del Ejército y de las milicias; que utilizó los servicios de los antiguos jefes de la República; que eximió a los dominicanos de la contribución de sangre que pesa sobre los demás españoles; que dió colocación a los hijos de aquel suelo, admitiéndolos a los empleos y cargos públicos, sin más distinción que la del mérito personal; que dio esplendor al culto, e hizo por esa entonces Provincia Española, cuantas concesiones eran compatibles con las instituciones monárquicas y el régimen ultramarino, prueba de un modo elocuente, que la República Dominicana sólo aspira a ser una Nación Libre, Soberana e independiente.

Sin embargo la existencia política de ese pueblo peligraría, si una Gran Nación, como los Estados Unidos desestimando los principios del derecho, y de la justicia quisiera aceptar la responsabilidad de la destrucción de todo un pueblo y empañar el lustre de su nombre dominando por la fuerza, ya que no por derecho, a un pueblo pequeño, impotente para luchar con ella, pero merecedor de la protección del fuerte, y digno por más de un título de la amistad y de la ayuda de Naciones poderosas, llenas del sentimiento de la justicia.

Mucho conozco al pueblo dominicano. Abandonado siempre a sus propias fuerzas, ha luchado siempre por su libertad, y siempre sus fuerzas, se han visto coronados por el éxito deseado. Puede por un momento ser dominado por los extraños, porque la sorpresa del acto que cambie su condición política, le embargue los medios de la resistencia y de acción; más pasado ese primer momento de estupor, se levantará como un solo hombre, obedeciendo a un sólo pensamiento, para oponerse a quien pretenda arrebatarle su libertad, su independencia.

Acostumbrado durante más de cincuenta años a gobernarse por si; a vivir la vida de los campamentos, a pasar los días, los meses y los años con las armas en las manos, careciendo de todo, desafiando el hambre y la inclemencia; acostumbrado a vivir libre, sin deber su libertad más que a su propio esfuerzo, no resiste extraña dominación, la sacude, empeña la lucha contra su dominador, y aun con la conciencia de su debilidad, la sostiene; la engrandece con su desesperación, y en su deseo de ser libre, la hace larga, horrorosa y sangrienta.

Es posible que al fin sucumba ese pueblo heróico, más ¿qué habrá conseguido el conquistador? Después de talados sus campos, incendiados sus pueblos, destruidas sus ciudades, después que la familia perezca, o ande errante por los montes, u oculta en las cavernas llorando su perdida libertad, y sea aquella tierra vasto desierto, ¿qué lauros coronarán la frente del vencedor? No serán por cierto los de la victoria, ni entrará triunfante en medio de los alborozos de un pueblo entusiasmado. Ceñirá si, para dominar ruinas y cadáveres, la corona de fúnebre ciprés, que le tejerán sus contristadas hijas, al contemplar tanta desolación, tanto desamparo, tanta orfandad.

Más, ¿a qué detenerse en consideraciones de esa naturaleza, presagiando males que no han sucedido? Por la Noble Nación Americana, llamada por su fuerza y poderío a ser la protectora de las Naciones Sur Americanas, a mediar en sus disensiones intestinas, a intervenir en sus luchas con el extranjero, a ayudarlas en sus quebrantos, no ha menester ensanchar su vasto territorio, para dejar cumplida su alta misión en el Nuevo-Mundo.

Así, los dominicanos viven confiados en que los Estados Unidos, no emplearán sus fuerzas para imponerse como dominadores; y esta confianza, hija de profundas convicciones, crece al considerar las prudentes medidas que ha adoptado el Honorable Senado de la Unión, para resolver una cuestión de tanta gravedad y transcendencia. El envío de una Comisión que explore el espíritu público de la República Dominicana, confirma esta opinión y prueba de un modo inequívoco, que los Estados Unidos no aceptarán la anexión propuesta, a no ser que resulte de la expresión libre, espontánea y unánime de los dominicanos.

El Senado Americano ha comprendido, que un exceso de prudencia en este caso, no puede perjudicar los intereses de su pueblo, y conoce, que una aceptación inconsulta de la negociación propuesta, podría traerle complicaciones que embarazarán su marcha.

El resultado de las investigaciones que haga la Comisión, será, a no dudarlo, contrario a los deseos de aquellos que anhelan la venta de la patria. Bastará a los señores comisionados pisar el territorio dominicano, para conocer la presión que el Poder ejerce sobre el pueblo, para convencerse de los manejos empleados para arrancar a los ciudadanos un voto contrario a sus convicciones, y a los grandes intereses de la generalidad.

No faltarán algunos que pretendan hacerles ver las cosas bajo su prisma contrario a la verdad; pero esos en escaso número, ni contituyen la mayoría de los dominicanos, ni tienen tal vez en su mayor parte, el derecho de opinar en cuestión de tal magnitud, porque carecen de la calidad primera para ello: la de ser dominicanos.

La Comisión, como es de esperarse, sabrá inspirar confianza a los hijos de aquel suelo, y apartará de si las influencias interesadas de los anexionistas; recorrerá los campos, las aldeas, las ciudades; estudiará por si la opinión; verá en los semblantes todos, aun en aquellos que nada digan, el profundo disgusto que les causa el pensamiento solo de una transformación política, que les arrebata sus glorias y los timbres que tienen a la inmortalidad. Entonces verá que desde Pedernales hasta Maimón; desde Manzanillo hasta Bahoruco, todos prefieren su actual situación con su libertad, a cuantos beneficios puedan ofrecerles a cambio de su independencia. Entonces la Comisión con la imparcialidad propia del carácter de que está investida, dirá al Honorable Senado Americano que la mayoría de los dominicanos no se presta a perder su nacionalidad. Entonces le dirá, que millares de ciudadanos armados, de cuyo voto no puede prescindirse en la cuestión, se hallan a las órdenes de los Próceres de la Independencia, y ocupan los pueblos fronterizos de San Juan, Neyba, Barahona, Bánica, Las Matas en el Sur, y los de Dajabón, Capotillo, Guayubín por el Norte, defendiendo el principio de la integridad de su territorio, amenazado por un gobierno tiránico, que no ha respetado las leyes, que ha violado las convenciones de la guerra, que ha destruido la propiedad, consentido asesinatos, y que en su sed de venganza, ni aun las mujeres y los niños han sido exceptuados. Entonces le dirá que la anexión propuesta es obra de unos pocos, que solo tiene un fin comercial, que para iniciar el pensamiento, ha sido necesario expulsar a unos, matar a otros, encarcelar a muchos, intimidar a los más, amenazándolos con el osteacismo o la reclusión indefinidos. Entonces le dirá, que su realización es imposible, y que sólo la aparente protección que hace alarde el General Báez, lo sostiene aun en su vacilante gobierno.

Entonces, el Gobierno y el Honorable Senado de la Unión Americana, bien ilustrados sobre todos los extremos de la negociación propuesta, y pensando con calma los inconvenientes que ofrece, desestimará las proposiciones hechas, porque no otra cosa puede y debe esperarse, de aquellos hombres, que, en el Consejo y en el Congreso Americano, han tributado público homenaje al respeto que se debe a las Naciones constituidas.

Y estas razones de gran valor, para los que, como V. E., y los miembros del Gabinete y del Senado de Washington, estiman la honra de su nación, se robustecen con los principios del derecho internacional y las eternas prescripciones que VV. EE., no puede echar en el olvido.

La República Americana, siempre se ha mantenido generosa y tolerante con la dominicana: ha celebrado con ella tratados públicos de amistad y de comercio, estrechando relaciones que han redundado en beneficio de todos: no la ha hostilizado en manera alguna, así no es de creerse que hoy quiera proteger al tirano que agobia a esa sociedad infeliz. Los dominicanos quieren la amistad de los Estados Unidos. Ellos los convidan a participar de las ventajas que ofrece aquel suelo privilegiado, de los tesoros que guarda en su seno, de sus riquezas naturales. Quieren una amistad fundada en relaciones francas y cordiales, con franquicias recíprocas: quieren la protección desinteresada de ese gran pueblo, su progreso, su ilustración; pero quieren también gozar libres de una nacionalidad que les ha costado tanta sangre, tanto oro, tanto sacrificio.

Ved aquí, Excmo. Señor, bosquejadas las aspiraciones del pueblo dominicano, su actual situación política, su espíritu público. Os he hablado con verdad, sin exageraciones de ningún género, y con el conocimiento que da la experiencia de las cosas y de los hombres, seguro de que el tiempo justificará mis palabras. Oíd a un anciano que se dirige a vos en nombre de su oprimida patria, encarecuendoos que continuéis vuestra noble tarea defendiendo la independencia de una sociedad desgraciada, cuyos hijos luchan por derrocar a un tirano. Vos y los que os acompañan se han hecho acreedores a la consideración de los hombres libres que os admiran, y a la de aquellos buenos dominicanos que os tributarán siempre el respetuoso homenaje de su eterna gratitud.

Con sentimientos de alta y distinguida consideración y aprecio tengo la honra de suscribirme de

V. E. atento y seguro servidor
Q. B. S. M.

Tomás Bobadilla.

(Extraída y transcrita de CLIO, Num. 84, pp 89-93, Revista Bimestral de la Academia Domínicana de la Historia, mayo-agosto 1949, año XVII, Colección Vetilio Alfau Durán, República Dominicana).

RELATED ARTICLES

Deja un comentario

Most Popular

Recent Comments