Por Miguel SOLANO

El ladrón, un muchacho cuya piel fue blanca y cuya fortaleza la cultivo en el mundo de los tatuajes, se pasó el día merodeando el sector en el cual dejaría sus huellas de experto.

Algunos residentes, siempre protegiendo su adoración le vieron sospechoso y le interrogaron para conocer si era un nuevo residente.
—Sí, vivo en la Torre C.

Le pareció sorprendente que la gente aceptará con tanto beneplácito su presencia y para asegurarse de que el maléfico no lo engañaba, se montó en un deportivo decapotado e hizo señales de que intentaba encenderlo.

La cámara de la dueña dio la alerta y la noble dama dejó al Penshouse. Mira al Ladrón y le interroga.
—¿Qué pretende hacer usted con mi auto?
—Ay… Perdone, perdone usted, mi amigo no es bueno… Me dijo que éste era su auto y que lo esperará en El.

La dama quedó complacida y volvió a su palacio sin demandarle al Ladrón que se identificará o que abandonará el paraíso de la alta clase.

El Ladrón abandonó, con suma cobardía el Mercedes y emprendió sus pasos para desarrollar la observación y el puntalaje de la posible víctima.

Esta vez se encontró con una dolorosa más curiosa que la anterior, quién recordando sus años de antigua autoridad, se le paró al frente y le demandó :
—¿Quién es usted y qué hace aquí?
EL Ladrón entendió que responder a cualquiera de la pregunta acabaría con sus oportunidades, pondría su plan en sospecha.
— Ay, señora, por Dios, mi gatico, mi gatico, ¿usted no me lo ha visto?
—Bueno, ciertamente, cuando caminaba hacia la Torre B, vi unos gaticos que me parecieron nuevos.

El Ladrón vio allí su oportunidad y con corredoras palabras dio las gracias y se lanzó en la búsqueda del no buscado.

Cuando bajó su vista del Sol y sintió la plena protección del dios de los ladrones, cuando sintió ese largo brazo de Hermes, descubrió que su víctima, vestida atleticamente, abandona su suite.

Como si fuese un milagro de nuevo dueño entró. Una rápida valoración del ambiente le advirtió de que no debería perder el tiempo. Agarró una Lapto Apple, última generación valorada en 2,400 dólares y un celular cuya primera mirada le dio la idea de que valía unos 36 pesos. Dándole a entender a todos los guardianes de que se dirigía a su Despacho exhibió lo robado como su propio equipo de trabajo. Y caminó libre, protegido por los brazos de Hermes.

Ya satisfecha de haber recorrido sus diez kilómetros en el parque Mirador Sur, la belleza ingresó a su Suite para lanzarse tras su celular y gritar una frase :

—Amor, me robaron, me robaron el celular y el computador.

Se movió rápido. Llamó a la administración y consiguió una foto total del ladrón. Verificó que la información del Ladrón de que vivía en la Tierra C era falsa y se fue a la policía del Mirador Sur.

En el cuartel, el cabo que la atendió intuyó que aquella mujer de sorprendente belleza y palabras bien articuladas tenía extraños poderes. Le juro mover cielo y tierra. Y entonces vino la llamada.
—Tengo al Ladrón. El individuo confesó todo. Hay un problema. Dice que cuando llegó al barrio, pistola en manos, tres curtidos, lo atracaron.

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