Lo que me pasó en Florencia, alguna vez

Por Tony Raful

Tonyrafultonyraful5@yahoo.com

 La fuerza gra­vitacional del arte no pue­de medirse con cronómetros o péndulos colgados sobre medidas matemáticas, no puede definirse en manua­les o ilustrarla en memorias turísticas. Hablo de arte ver­dadero, que trasciende y tra­siega sobre el lomo anciano de los museos antiquísimos, donde alguien marcó una casilla, solicitó un traductor, y se arrimó a la tribu que gi­ra insomne en rotación de asombro y cerilla, buscan­do la luz en pasillos oscu­ros, tocando glaciales y ve­ranos en la soledad muerta de un nombre, de un artesa­no del pincel y la espada de los tiempos idos. Suceden cosas. En la Sala Botticelli, alguien se desmaya al con­templar “El nacimiento de Venus”, atina a ver de reojo “La Anunciación” y “La Ado­ración de los magos”. Esta­mos en Florencia.

La viajera es reanimada, la taquicardia inexplicable ante un exce­so de belleza que lo desbor­dó. El sofoco ante coordena­das recónditas que navegan solamente en un alma sen­sible.

No puede explicar na­da. No debe intentar raciona­lizar. Solamente sus grandes ojos como bóvedas melifluas de un encanto inexplicable. El diagnóstico es físico, mide temperatura y ausculta en­fermedades terminales. No acierta, no se aproxima al temblor ni a la belleza del di­bujo que otea hondonadas en el pincel de aquel que si­gue dibujando sobre la mas­carilla, el módulo reincidente de la belleza, ese cielo impe­cable de su perennidad. La música y la pintura se ama­san. La pueblan seres dimi­nutos que resisten el moho y la roña. Nace el mito.

¿Quién lo impugna? ¿Quién inmo­viliza la imagen, ese trono de percepción y goce indecible? Nadie ose sujetar la panto­mima telúrica al eje racional, a su ordenamiento de lógica cautiva. Es el viaje del alma donde el escultor y el artista doblegan la oscura matriz de lo aprendido. Es la libérrima extensión de la imaginación, la fertilidad de la libertad ab­soluta, la creación, el princi­pio, la rotación de todos los albures y prodigios de la es­cobilla. Entonces retrocedo. Abandono mis mediciones, el ajuar de todas mis certe­zas, y allí, en Florencia don­de me lleva el hechizo, voy en fila india, como un vulgar visitante con aprestos de ima­gen y corolario de duendes que me acosan. Voy a ver la tumba de Stendhal. Alguien habla del Maestro. Me que­do detenido en el tiempo de Stendhal, lo recorro en su tiempo datado.

Mármol y piedra dura lo cementa por siempre. Sien­to un ligero vahído, trato de sostenerme en el vacío, me retiro del grupo de convida­dos donde estoy en la cola. Toco una columna erguida. En breve segundo la cabe­za me da vueltas. No su­fro de nada. No recuer­do cuando estuve alguna vez aturdido. Se acerca la guía, una hermosa traduc­tora italiana que abando­na momentáneamente a la grey de peregrinos. ¿Qué le pasa señor? Le respon­do que nada, un ligero ex­travío, y de súbito me en­contré perdido. Ella me dice, que mi experiencia les pasa a muchos visitantes al Museo, pero solamente an­te la tumba de Stendhal. So­focos y taquicardia. Una es­pecie de vahído inexplicable. Esplendor y sensibilidad que alteran la materia y trastor­nan el cuerpo bajo hipnosis de belleza y misterio.

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