|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Por José Flandez
En política internacional, las palabras suelen ser más peligrosas que las balas. Cuando Vladimir Putin declara su apoyo al plan de paz de Donald Trump, no está ofreciendo una salida negociada al conflicto en Ucrania, sino un espejismo cuidadosamente diseñado para legitimar su proyecto imperialista. La retórica de la paz se convierte en un disfraz para exigir lo que, en la práctica, equivale a la rendición incondicional de Kiev.
Aceptar semejante propuesta no solo dejaría a Ucrania indefensa, sino que abriría la puerta a un continente entero sometido al chantaje del Kremlin. Si Rusia logra imponer su voluntad en Ucrania con el beneplácito de un plan internacional, ¿qué impediría que extienda sus apetencias hacia otros territorios? La paz aparente se transformaría en un precedente peligroso para toda Europa, debilitando la arquitectura de seguridad que ha sostenido la estabilidad desde el fin de la Guerra Fría.
El disfraz del imperialismo
Putin no busca la paz, busca legitimidad. Su estrategia consiste en vestir de diplomacia lo que en realidad es una política expansionista. El “apoyo” al plan de Trump es una jugada calculada: se presenta como un actor razonable mientras asegura que sus conquistas sean reconocidas y que Ucrania quede desarmada frente a futuras presiones. Es el clásico juego del autócrata que convierte la mesa de negociación en un campo de batalla político.
En fin, en mi opinión, el verdadero objetivo del Kremlin no es detener la guerra, sino perpetuar condiciones favorables a su hegemonía. El plan de paz, tal como se plantea, no es más que un instrumento para consolidar el imperialismo ruso y debilitar la seguridad europea. Aceptarlo sería renunciar no solo a la soberanía de Ucrania, sino también a la estabilidad de todo el continente y por ende a la del planeta en general… ¡Confiar en Putin, es confiar en el demonio!

