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Abinader y sus dos iPhone: el poder pendiente de las redes.

Abinader y sus dos iPhone: el poder pendiente de las redes.
Redacción
  • Publishedseptiembre 16, 2026
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Por : Juan D los palote.

Santo Domingo.– La imagen del presidente Luis Abinader pendiente de sus dos iPhone puede parecer un detalle cotidiano, pero también retrata una característica central de su estilo de gobierno: la atención permanente a las redes sociales y a la percepción pública de su administración.

Alrededor del mandatario parece desplegarse un esfuerzo comunicacional extraordinario para proyectar la sensación de que conserva un respaldo popular prácticamente inquebrantable y preparar, desde ahora, una valoración favorable de su legado.

Ese propósito sería legítimo si estuviera sustentado exclusivamente en resultados verificables, transparencia y una comunicación abierta. El problema surge cuando la promoción gubernamental comienza a confundirse con una realidad cuidadosamente fabricada.

En publicaciones de medios tradicionales con presencia digital resulta frecuente observar comentarios repetitivos, elogios desproporcionados y cuentas que reaccionan casi simultáneamente para defender cualquier decisión del Gobierno. Aunque no puede afirmarse sin pruebas que todas respondan a operaciones automatizadas, su comportamiento alimenta las sospechas sobre el uso de bots o estructuras coordinadas para influir en la conversación pública.

Se intenta instalar la idea de un presidente amado por todos, ajeno al desgaste natural del poder y distante de los problemas que golpean diariamente a una parte importante de la población.

Sin embargo, la República Dominicana que aparece en determinadas redes no siempre es la misma que se vive en los barrios. Detrás de los “me gusta”, los comentarios favorables y las tendencias digitales permanecen las preocupaciones por el costo de la vida, los apagones, la inseguridad, los bajos salarios, la calidad de los servicios públicos y las dificultades para acceder a oportunidades.

Un presidente atento a las redes puede reaccionar rápidamente ante una denuncia ciudadana, conocer el estado de la opinión pública y mantener una comunicación directa con la población. Esa conexión constituye una herramienta positiva cuando sirve para escuchar y corregir.

Pero también representa un peligro cuando las redes se convierten en un espejo complaciente y el Gobierno termina creyendo que la popularidad digital equivale automáticamente a satisfacción ciudadana.

Los algoritmos pueden amplificar una narrativa, pero no pueden borrar la realidad. Una campaña bien organizada puede posicionar etiquetas, multiplicar mensajes y dominar temporalmente los comentarios de una publicación; lo que no puede hacer es sustituir las soluciones que demanda la gente.

Abinader todavía tiene tiempo para fortalecer su legado con acciones concretas. Su mejor despedida no dependerá de una operación comunicacional ni de la cantidad de teléfonos desde los cuales siga las redes. Dependerá de las condiciones en que entregue el país y de la respuesta que pueda ofrecer a los problemas pendientes.

La historia no se escribe con comentarios programados ni con aplausos digitales. La escriben los resultados, la memoria de la población y la vida cotidiana de quienes no aparecen en las tendencias.

Al final, los bots pueden generar ruido, pero no sienten el alto costo de la vida, no sufren los apagones y, sobre todo, no votan.

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