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Danilo Cruz Pichardo
Hay familias en las que el sufrimiento ha estado presente por largo período, porque por desgracia entre sus miembros hay un enfermo mental que, cada cierto tiempo, hace crisis y se torna violento. En uno de sus arranques de furia agrede a la madre, derriba a la abuela, que está sentada en una mecedora tomándose un café, rompe todos los utensilios de loza al arrojarlos al piso y el caldero de sancocho lo lanza al patio.
Por suerte, en esa misma familia, también hay un hermano valiente, único capaz de enfrentar al trastornado, forcejean y con la ayuda de los jóvenes que juegan dominó en el colmado de la esquina logran amarrar al enfurecido. Y se siente un alivio.
Es el mismo alivio que se respira en la actualidad en la población estadounidense, con la derrota que acaba de dar el Partido Demócrata al Republicano. Más que a los republicanos, a Donald Trump, aunque él ha estado diciendo que de haber participado en la boleta los resultados hubieran sido otros. Es una forma de no darse por aludido, pese a que el mundo entero sabe que los electores sufragaron desaprobando la guerra contra Irán, el costo de los combustibles, la inflación en los alimentos y rechazando todas las políticas internas y externas implementadas.
Trump, desde que retornó al poder político, el 20 de enero de 2025, se cogió con sacar de Estados Unidos a todos los indocumentados, bajo el pretexto de que eran personas malas, responsables de introducir drogas y practicar crímenes. Una imputación carente de sustento o pruebas. En un país donde hay millones de ilegales es posible que un porcentaje muy ínfimo se dedique a actividades ilícitas, pero está comprobado que la inmensa mayoría de inmigrantes abandona sus naciones en procura de mejoría y trabaja dignamente para mantenerse y enviar remesas a sus familiares.
Nunca lo entendió así. Lo que hizo fue poner en zozobra y generar angustia y nerviosismo a millones de hispanos que optaron por esconderse, afectándose económicamente. Con esa persecución gubernamental también se perjudicó todo el comercio que depende de mano de obra barata, por lo que la crisis se sintió en varios estados de esa gran nación.
El presidente norteamericano es un hombre tan indolente, carente de sensibilidad humana, que se llevó de paro a 500 mil personas (venezolanos, cubanos, nicaragüenses y haitianos) que gozaban del Estatus de Protección Temporal, por razones humanitarias. Todas fueron deportadas a sus respectivos países.
Con el asunto de los aranceles llevó mayor pánico, esta vez en el ámbito mundial. Les metió aranceles a 185 naciones de diferentes continentes. A las que supuestamente son aliadas, algunas incondicionales, las gravó con un 10%, a otras 60, incluyendo a República Dominicana, se los elevó al 12.5%. Las más perjudicadas recibieron impuestos cercanos al 60%.
La guerra arancelaria desatada por Donald Trump deterioró relaciones con los países del mundo, incluyendo a aliados históricos como los de la Unión Europea y Canadá. Supuestamente se perseguía proteger al productor nacional, pero la sal resultó salir más cara que el chivo, pues los importadores terminaron transfiriendo costos al consumidor, provocando estadísticas inflacionarias alarmantes.
El presidente Trump le puso la tapa al pomo, sin embargo, cuando le declaró la guerra a Irán y mató a las cabezas principales del liderazgo de esa nación persa. Murió el Ayatolá Alí Jamenei, pero también el ministro de Defensa, el jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, así como el comandante de la Guardia Revolucionaria.
Si bien Estados Unidos ha ocasionado daños a Irán en cuanto a vidas humanas, infraestructura y, naturalmente, a su propia economía, de inmediato sus propias autoridades debían preguntarse: ¿Cuál ha sido el beneficio propio? Ninguno. Todo lo contrario, se estima que en esa guerra se ha gastado más de 47,100 millones de dólares, contribuyendo a agudizar la crisis de un país que desde hace un tiempo va en caída libre. Y ni siquiera se ha logrado doblegar el espíritu de combate y la resistencia militar de Irán.
Estados Unidos ha sufrido frustración e impotencia en su lucha con Irán, lo que ha llevado a barajar la idea del lanzamiento de una bomba nuclear, pero ciertas cabezas frías le han hecho saber a Trump las posibles consecuencias de repudio político mundial y –todavía más grave aun–: respuesta militar con la misma medicina. Expertos en la materia lo han venido repitiendo: el que usa una bomba atómica no usa la segunda. De forma insistente se habla de bombas que podrían destruir al Estado de California entero.
Recientemente Gustavo Petro, expresidente de Colombia, anunció que un ataque nuclear contra Irán provocaría el genocidio más grande, porque no solo afectaría a ese país durante años, sino también a todas las naciones hacia donde los vientos soplen. Y pondría a la humanidad al borde de la extinción.
Un jefe de Estado de cualquier país debía ser una persona responsable, serena, reflexiva y bien madura, pero cuando se habla de Estados Unidos esas cualidades ameritan multiplicarse en su gobernante, por los intereses que representa para el mundo.
No son uno ni dos los profesionales de la conducta humana que se han detenido a estudiar a Donald Trump. Coinciden en que padece infantilismo pisicológico, narcisismo, vanidad, arrogancia, sadismo y cinismo. Se dice que opta por un entorno que le rinde culto, que alimenta su ego, haciéndole creer que es un Dios. Es la razón por la que se siente superior a todos. Súmele la codicia desmedida que muestra este caballero por las riquezas materiales, al punto que mandó a secuestrar a un presidente para alzarse con el petróleo de ese país.
Sin embargo, con la derrota electoral que acaba de recibir, porque fue él más que el propio Partido Republicano, se siente un alivio en la población de Estados Unidos y en todo el mundo. Con un Senado y una Cámara de Representantes en contra el loco queda amarrado.

