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Por: Ángel Ruiz-Bazán
Hay miradas que no se detienen en los ojos: continúan hacia adentro. Cruzan la piel, atraviesan las defensas, y tocan un lugar donde ni siquiera nosotros entramos sin temblar. Antes de la palabra, antes del gesto, antes incluso del deseo, está la mirada. Ella inaugura el amor como un misterio: un reconocimiento sin pasado, un presentimiento de hogar. Cada vez que me miras, muero de amor, porque algo en mí se rinde, se desnuda, se entrega a una verdad que no sabía que buscaba.
En el origen de todo enamoramiento hay un embrujo. No un hechizo espectacular, sino uno silencioso. Es cuando el mundo sigue siendo el mismo, pero ya no se siente igual. Cuando una presencia reorganiza el paisaje interior, y lo cotidiano adquiere un temblor nuevo. Nos enamoramos porque alguien, sin proponérselo, nombra partes de nosotros que estaban dormidas. Porque su forma de mirar nos devuelve un reflejo más hondo de lo que somos… o de lo que anhelamos ser.
El amor nace como asombro. Y pronto se vuelve sostén. No en el sentido idealizado, sino en el más humano: el de tener un lugar donde descansar el alma. Amar es permitir que otro cargue con nuestras fragilidades sin usarlas como arma. Es saberse acompañado incluso en el silencio. En ese espacio compartido, la vida pesa menos. El dolor se reparte. La alegría se multiplica. El amor es entonces una arquitectura invisible que mantiene en pie los días.
Pero el amor no se conserva como se guarda un objeto. Se cuida como se cuida un fuego. Si no se alimenta, se apaga. Si se descuida, se enfría. Conservar el amor es ejercerlo. Es mirarse aún cuando ya se conocen. Es elegir la ternura por encima del orgullo. Es tener detalles que no hacen ruido, pero hacen raíz. Regar el amor cada día es ofrecer presencia verdadera: escuchar sin preparar defensa, tocar sin prisa, hablar sin herir, agradecer sin olvidar.
Las relaciones se marchitan cuando el amor deja de ser verbo y se convierte solo en recuerdo. Cuando se vive de lo que fue y no de lo que se está construyendo. Se apagan cuando dejamos de nombrarnos, cuando el otro ya no es misterio sino costumbre, cuando la rutina sustituye a la atención. No mueren siempre por catástrofes; muchas veces mueren por sed. Por falta de cuidado, de celebración, de mirada.
Y cuando el amor muere, lo que queda no es solo tristeza. Es un vacío hondo, casi físico. Un hueco donde antes habitaba una forma compartida de existir. Duele porque el amor no solo nos acompaña: nos redefine. Al irse, se lleva consigo una manera de reír, de soñar, de comprender el mundo. El corazón queda deshabitado, como una casa donde aún flotan los ecos de una voz.
Por eso la mirada importa. Porque en ella comienza y en ella se sostiene el amor. Mirar es reconocer. Mirar es elegir. Mirar es decirle al otro: “aquí estás, y eres importante”. Cada vez que me miras, muero de amor… porque amar es morir a la soledad. Y en esa muerte, luminosa y profunda, nace lo mejor de nosotros.

