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Corre la chiquillada.

Corre la chiquillada.
Redacción
  • Publishedoctubre 25, 2026
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Escrito por: Enrique Cabrera Vásquez

DEDICATORIA

A mis hijos/nietos, los eternos dueños de la travesura y la pradera.
Porque en sus risas estalladas encontré el río de la vida, y en sus abrazos, el refugio más dulce ante el invierno del tiempo.

A la infancia del mundo: esa patria libre de caramelos, juegos inventados y pies cansados.

Para que nunca olvidemos el idioma de las nubes ni la magia que habita en la mochila de las ilusiones.
A las generaciones que cruzan tomadas de la mano la floresta de la vida.

A la dulzura de los abuelos, la protección de los padres y la inocencia indomable de la chiquillada que hoy corre en libertad.

A los muchachos de cabellos al viento y edades de jazmín.
Para que sus pisadas sigan pintando de primavera cada uno de nuestros caminos.

Corre la chiquillada

Escrito por: Enrique Cabrera Vásquez

San Pedro de Macorís, 24 de octubre 2026.

Corre alborotada la chiquillada en su tierna travesura,
disfrutando caramelos de frambuesa y manzana primorosa.
Avanzan en grupo, como manada suelta en pradera desolada;
raudos van los soldaditos, cruzando la floresta en su jornada.

Corre la inocencia en sus edades divertidas:
tránsito de misterio y sorpresa, ruta pura de la vida.
Saltan hermanados cantando fábulas aladas,
bajo la mirada de los pájaros que observan su llegada.

Curiosos vigilan la carrera y su espontánea manera,
en una planicie estampada con aromas de sudores infantiles.
Brincan alegres los mozalbetes entre árboles de distinto tiempo:
unos jóvenes, otros envejecidos con sus hojas verdes y secas.

Mecen las ramas sus aplausos, celebrando el juego de los niños
que, exhaustos, se reaniman con la carrerilla veraniega,
perdiéndose a lo lejos entre el eco de sus chillidos exaltados.
Corren los chavales ahora por los montes más inhóspitos.

Perturban a las aves y a las fieras en su juego de calor y sol;
sobre sequías o lluvias temporales corren sus edades de jazmín,
dejando en los senderos la frágil pisada de sus risas estalladas.
Se oyen las carcajadas vivas de sus juegos inventados.

Disfrutan los brincos y los saltos enlazados en sus bucles infantes:
cabellos mecidos al viento, alegría bañada en el río de la vida.
La infancia detiene por breves instantes la corrida;
contemplan las alturas, viendo en la lejanía figuras de nubes fijas.

Las admiran maravillados, ancladas en destellos de amaneceres,
para volver a verlas en los sueños de sus agotadas jornadas.
Gramas y hierbas quedan pisadas por la carrera sana:
marcas infantiles pintadas en el lienzo de cada primavera.

Van guardadas en la mochila de sus ilusiones perdidas,
mientras llaman con sus pisadas a las estaciones del año:
le cantan al otoño el susurro de sus colores rumiados
y le avisan al invierno, que ya viene vestido de blanco.

Muchachos que ríen ante los regalos rojos de amores paternos;
abrazan a los abuelos con dulzura, abren sus bracitos de celofán
y los cierran al sentir el beso apacible de la madre.

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