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Por: Ángel Ruiz-Bazán
Hablar de Cuba es hablar de dignidad. Es hablar de un pueblo noble, trabajador y luchador que, a lo largo de su historia, ha aprendido a resistir sin renunciar a la esperanza. Cuba no es solo una isla en el Caribe: es una actitud ante la vida, una manera de plantarse frente a la adversidad con la frente en alto y el corazón abierto. Es la tierra de José Martí, apóstol de la independencia y del pensamiento latinoamericano más luminoso; es también la tierra del Che Guevara, símbolo universal de rebeldía, coherencia y compromiso con los más pobres del mundo. Y es, además, la tierra de Fidel Castro, líder histórico de la Revolución Cubana, figura central del siglo XX latinoamericano, cuya impronta marcó el rumbo soberano de la nación y la voluntad de no arrodillarse jamás ante ninguna potencia extranjera.
La historia cubana está marcada por la lucha constante por la soberanía. Desde la colonia hasta la Revolución de 1959, el pueblo cubano ha tenido que abrirse paso entre dominaciones externas, injerencias y presiones. En ese largo trayecto, Fidel Castro encarnó la decisión colectiva de un pueblo de tomar su destino en sus propias manos, de romper con siglos de dependencia y de afirmar, ante el mundo, el derecho irrenunciable a la autodeterminación. En ese contexto, el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos desde hace más de seis décadas ha sido uno de los mayores obstáculos para el desarrollo del país. No se trata de una abstracción política: el bloqueo ha tenido consecuencias reales y dolorosas en la vida cotidiana del pueblo, limitando el acceso a medicamentos, tecnologías, financiamiento y comercio internacional. Ha frenado proyectos, ha encarecido soluciones y ha castigado, sobre todo, a la gente común.
Y, sin embargo, Cuba sigue en pie.
A pesar de esas condiciones adversas, el país ha construido un modelo social que prioriza al ser humano. La educación cubana es uno de los ejemplos más claros de ello. Gratuita, universal y de calidad, ha permitido que generaciones enteras accedan al conocimiento, a la ciencia y a la cultura. Cuba erradicó el analfabetismo cuando muchos países de la región aún lo padecían de manera estructural, y hoy forma profesionales que no solo sirven a su nación, sino también al mundo. Es un sistema educativo que enseña, pero que también forma valores: solidaridad, compromiso social y sentido colectivo, pilares defendidos desde los primeros años de la Revolución.
Ese mismo espíritu se refleja en su sistema de salud, reconocido internacionalmente. Cuba no solo cuida a su gente; Cuba comparte lo que tiene. Las brigadas médicas cubanas han llegado a los rincones más pobres y olvidados del planeta: África, América Latina, Asia, y a zonas afectadas por epidemias, terremotos y huracanes. Allí donde otros no van porque no es rentable, han llegado médicos cubanos movidos por una ética profundamente humana. Esa vocación solidaria, promovida y defendida durante décadas por Fidel Castro como un deber moral de la Revolución, ha salvado millones de vidas y ha convertido a Cuba en un referente ético en el ámbito de la cooperación internacional.
Hoy, cuando nuevas amenazas, presiones y discursos de confrontación vuelven a surgir desde los Estados Unidos, es necesario alzar la voz desde la sensatez y la paz. El camino del asedio, del castigo colectivo y de la imposición nunca ha dado buenos resultados. La historia lo demuestra una y otra vez. Los pueblos no se doblegan fácilmente, y mucho menos cuando sienten que se les niega el derecho a decidir su propio destino. El diálogo, el respeto mutuo y la cooperación son las únicas vías posibles para una convivencia justa entre naciones.
Cuba no necesita más sanciones ni más amenazas; necesita oportunidades justas, relaciones basadas en el respeto y el fin de una política que ha causado sufrimiento innecesario. Defender a Cuba no es solo defender a un país: es defender principios universales como la autodeterminación de los pueblos, la paz, la solidaridad y la justicia social.
En un mundo cada vez más fragmentado, donde el odio y la confrontación parecen ganar terreno, Cuba nos recuerda que otro camino es posible. Que los pueblos pueden unirse y apoyarse en lugar de destruirse. Que la fraternidad entre las naciones no es una utopía, sino una necesidad urgente.
Desde Cuba, con amor, llega un mensaje claro al mundo: resistir no es odiar; resistir es seguir creyendo en la dignidad humana, en la cooperación y en la paz. Y ese mensaje, hoy más que nunca, merece ser escuchado.
Nota:»La Prensa Tras La Verdad.Se reserva el derecho de publicar trabajos de Opinión u otras categorías,con errores de sintaxis/redacción. Como también no somos responsables de los conceptos emitidos por su autor»

