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Por: Ángel Ruiz-Bazán
Existe una frase que recorre el imaginario colectivo: “Ladran, Sancho, señal que avanzamos.” Aunque no aparece literalmente en Don Quijote de la Mancha, su espíritu sí habita profundamente en la obra. Resume una verdad humana esencial: todo avance verdadero incomoda, despierta resistencias y genera ruido. Donde hay movimiento, hay reacción. Donde hay propósito, hay crítica. Y donde hay transformación, aparecen los “ladridos”.
Miguel de Cervantes Saavedra, genio universal de las letras, escribió con Don Quijote mucho más que una novela: construyó un retrato inmortal del ser humano enfrentado a sus límites, sueños y contradicciones. Publicada en 1605 y 1615, la obra no solo inauguró la novela moderna, sino que redefinió la literatura occidental. No es casual que, después de la Biblia, sea considerado uno de los libros más importantes y leídos de la historia, y también uno de los que todos deberíamos leer al menos una vez en la vida.
Entre las muchas frases auténticas que nos dejó Cervantes, una condensa el corazón del Quijote:
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.”
Esta sentencia no es solo literaria: es filosofía de vida. Don Quijote avanza porque es libre. Y es libre porque se atreve a pensar distinto, a soñar distinto, a actuar distinto. Su camino está lleno de caídas, burlas y derrotas, pero también de dignidad. Cervantes nos enseña que es preferible equivocarse persiguiendo un ideal que tener razón viviendo de rodillas.
Ahí se encuentra el puente con la expresión “Ladran, Sancho…”. Cuando alguien camina con convicción, con ideas propias y con un propósito nacido del fondo del alma, surgen voces que critican, ridiculizan o atacan. Algunas ayudan a corregir el rumbo; otras solo buscan frenar. La sabiduría, como nos sugiere el universo quijotesco, está en saber escuchar sin detener el paso.
Don Quijote ve gigantes donde otros ven molinos, no porque ignore la realidad, sino porque se niega a aceptarla como definitiva. Su locura es, en el fondo, una forma de rebeldía moral. No huye del mundo: intenta transformarlo. Defiende a los débiles, honra la palabra, cree en la justicia y en el amor, aun cuando el mundo se burle. Por eso, el Quijote sigue siendo actual: porque habla del ser humano que lucha entre lo que es y lo que debería ser.
La obra nos deja mensajes que atraviesan los siglos: la defensa de la dignidad, el valor de la amistad —Sancho como conciencia y ancla—, la crítica al poder injusto, la importancia de la cultura, y la certeza de que vivir no es simplemente existir, sino comprometerse.
“Ladran, Sancho, señal que avanzamos” se convierte así en una metáfora contemporánea del espíritu cervantino. Nos recuerda que el silencio absoluto suele acompañar al estancamiento, no al movimiento. Si hay debate, resistencia, incomodidad, tal vez no estemos en el camino más cómodo, pero sí en uno necesario.
Seguir adelante, como Don Quijote, no es negar la realidad: es creer que vale la pena transformarla, aun cuando el trayecto esté acompañado de burlas, críticas o ladridos. Ese es, quizá, el mayor legado de Cervantes: habernos enseñado que la verdadera locura no es soñar, sino renunciar a los sueños.
Nota:»La Prensa Tras La Verdad.Se reserva el derecho de publicar trabajos de Opinión u otras categorías,con errores de sintaxis/redacción. Como también no somos responsables de los conceptos emitidos por su autor»

