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Tony Salomón
Se ha querido instalar la idea de que todo lo privado es eficiente y todo lo público es ineficiente. Esa narrativa, repetida una y otra vez, ha servido para justificar la entrega de bienes estratégicos del Estado a intereses particulares. Sin embargo, los hechos cuentan otra historia.
La mayor crisis financiera del siglo XXI, la crisis hipotecaria de 2008 en los Estados Unidos, no fue provocada por el Estado, sino por excesos e irresponsabilidades del sector financiero privado. Cuando el sistema colapsó, las pérdidas fueron socializadas: el Estado acudió al rescate con recursos de los contribuyentes.
La República Dominicana vivió una experiencia similar en 2003. La crisis bancaria, originada por graves irregularidades en entidades privadas, destruyó ahorros, disparó la inflación, devaluó la moneda y obligó al Estado a asumir una deuda que aún pesa sobre varias generaciones de dominicanos.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿por qué algunos insisten en que la solución consiste en transferir al sector privado la administración del patrimonio de todos?
Nadie discute que el sector privado desempeña un papel fundamental en la economía. Lo que resulta inaceptable es convertir los bienes públicos en instrumentos para favorecer intereses particulares, bajo el argumento de una supuesta mayor eficiencia. La eficiencia nunca puede sustituir la transparencia, la rendición de cuentas y la defensa del interés nacional.
Gobernar no es repartir el patrimonio del pueblo entre amigos o aliados económicos. Gobernar es administrar con honestidad, visión de Estado y absoluto respeto por los recursos que pertenecen a todos los dominicanos.
Quienes ejercen funciones públicas deben estar sometidos a un verdadero régimen de consecuencias. Cada decisión que comprometa el patrimonio nacional debe responder exclusivamente al interés colectivo y no a conveniencias políticas o empresariales.
La clase política tiene la obligación de levantar su voz cuando el patrimonio público está en riesgo. El silencio, la indiferencia y la complicidad nunca han construido una nación.
Porque la historia enseña que los pueblos no solo pagan las consecuencias de las malas decisiones; también pagan el precio del silencio de quienes pudieron impedirlas.

