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Feminicidios en República Dominicana: la tragedia de una cultura machista.

Feminicidios en República Dominicana: la tragedia de una cultura machista.
Redacción
  • Publishedmayo 26, 2026
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Por: Franklin García Fermín

En una sociedad donde todavía se escucha con naturalidad frases como “En esta casa manda el hombre”, “Los hombres no lloran”, “Eso es trabajo de mujeres” o “La mujer debe estar en su casa”, no puede sorprendernos que los feminicidios se hayan convertido en una tragedia recurrente y dolorosa. La República Dominicana vive desde hace años una verdadera pandemia de violencia contra las mujeres, y sería un grave error reducirla únicamente a hechos aislados, impulsos emocionales o problemas individuales. El feminicidio es, sobre todo, la expresión extrema de una estructura cultural profundamente machista que se ha construido durante siglos y que todavía organiza buena parte de nuestras relaciones sociales, familiares y hasta institucionales.

El machismo no nace espontáneamente en el hombre adulto. Se forma lentamente desde la infancia. Se aprende en el hogar, se refuerza en la escuela, se legitima muchas veces desde discursos religiosos y se reproduce diariamente en la cultura popular, en la música, en los medios y en las conversaciones cotidianas. Al niño se le enseña a dominar; a la niña, a obedecer. Al hombre se le educa para ejercer autoridad; a la mujer, para soportarla. Esa es la raíz más profunda del problema.

La violencia contra la mujer no comienza con el golpe ni termina con el asesinato. Empieza mucho antes: cuando se le enseña al hombre que tiene derechos sobre la vida de la mujer; cuando se normalizan los celos como prueba de amor; cuando se tolera el control emocional y económico; cuando se espera de la mujer sacrificio silencioso y obediencia estoica. En ese contexto cultural, muchos hombres terminan viendo a la mujer no como una persona libre e igual, sino como una posesión sobre la cual creen tener autoridad moral, emocional y hasta física.

Por eso el feminicidio no puede analizarse únicamente desde el derecho penal. El castigo es necesario, pero insuficiente. Ninguna sociedad resolverá esta tragedia exclusivamente llenando cárceles si continúa produciendo culturalmente hombres formados para dominar y mujeres educadas para soportar. El problema es estructural y, en consecuencia, requiere transformaciones estructurales.

Uno de los aspectos más dramáticos de esa cultura patriarcal se refleja en la manera en que la sociedad aborda el cuerpo y la autonomía de la mujer. Un país donde una niña violada por su padre, su abuelo, su tío o cualquier agresor sexual es obligada moral o legalmente a parir, está enviando un mensaje devastador: ni siquiera su cuerpo le pertenece. Esa realidad no solo representa una forma extrema de violencia institucional y moral, sino también una manifestación brutal del poder patriarcal sobre la vida de las mujeres.

Resulta imposible hablar seriamente de prevención de feminicidios sin discutir el modelo cultural que sostiene esas desigualdades. No basta con campañas publicitarias ocasionales ni con discursos de indignación después de cada tragedia. Se necesita una revolución educativa y cultural profunda.

La familia tiene una enorme responsabilidad. Allí se construyen los primeros patrones de comportamiento y de poder. Educar hijos e hijas en igualdad, respeto y corresponsabilidad no es un asunto secundario: es una política de prevención social. La escuela también debe asumir un papel decisivo, incorporando una educación basada en derechos humanos, igualdad de género y resolución pacífica de conflictos. Y las iglesias, cuya influencia moral sigue siendo determinante en nuestra sociedad, están llamadas a revisar críticamente discursos y prácticas que históricamente han reforzado relaciones de subordinación de la mujer.

Asimismo, el Estado debe actuar con mayor firmeza y coherencia. No se trata únicamente de endurecer leyes, sino de garantizar protección efectiva, acceso rápido a la justicia, atención psicológica, refugios seguros y políticas públicas permanentes de prevención. Muchas mujeres asesinadas habían denunciado previamente a sus agresores. Cada feminicidio que ocurre después de una denuncia ignorada constituye también un fracaso institucional.

La República Dominicana necesita entender que el feminicidio no es un problema privado entre parejas. Es una grave crisis social, cultural y de derechos humanos. Mientras la sociedad continúe formando hombres desde la lógica de la superioridad y mujeres desde la resignación, la violencia seguirá reproduciéndose.

Evidentemente, si queremos cambiar esta dolorosa realidad, debemos comenzar desde ahora a construir un modelo educativo capaz de desenraizar la cultura machista que históricamente ha moldeado nuestras relaciones sociales. Solo una educación fundamentada en la igualdad, el respeto mutuo, la dignidad humana y la libertad podrá formar nuevas generaciones de hombres y mujeres capaces de convivir sin violencia, sin subordinación y sin miedo. Combatir el feminicidio exige mucho más que condenar al agresor después de la tragedia: exige transformar la conciencia colectiva de toda una sociedad.

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