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El cambio no es generacional, es racional
Por Tony Salomón
Desde 1989 hasta 2002, Luiz Inácio Lula da Silva recorrió un largo camino en busca de la Presidencia de Brasil. Se presentó en cuatro elecciones consecutivas: perdió en 1989 frente a Fernando Collor de Mello y en 1994 y 1998 frente a Fernando Henrique Cardoso. Sin embargo, en su cuarto intento, en 2002, alcanzó finalmente la victoria.
Su trayectoria demuestra que una derrota electoral no necesariamente pone fin a un liderazgo político. En ocasiones, el tiempo permite que los ciudadanos reconsideren sus decisiones, comparen propuestas y valoren nuevamente la experiencia de quienes aspiran a gobernarlos.
A sus 80 años, Lula vuelve a ocupar el centro de la política brasileña, en un escenario marcado por las tensiones de un nuevo orden geopolítico. Su figura representa mucho más que una candidatura presidencial: simboliza la permanencia de un liderazgo que ha sobrevivido a derrotas electorales, cambios sociales y profundas confrontaciones políticas.
En el escenario latinoamericano, las elecciones se desarrollan en medio de disputas de intereses nacionales e internacionales. La influencia externa en los procesos democráticos es un tema que merece atención, aunque cada caso debe analizarse a partir de evidencias concretas.
Brasil miró hacia atrás cuando decidió devolverle a Lula la presidencia por tercera vez. Los desaciertos que una parte importante del electorado atribuyó al gobierno de Jair Bolsonaro contribuyeron a que muchos brasileños apostaran nuevamente por el dirigente del Partido de los Trabajadores.
En las elecciones de 2022, el país volvió a colocar en la balanza dos experiencias políticas: la de Lula y la de Bolsonaro. Esa comparación refleja una realidad que con frecuencia se intenta ignorar: los pueblos no siempre buscan rostros nuevos; también pueden elegir regresar a liderazgos conocidos cuando consideran que su experiencia responde mejor a sus expectativas.
La política no debe convertirse en una competencia de edades. La juventud, por sí sola, no garantiza capacidad de gobierno, del mismo modo que la experiencia no asegura automáticamente buenos resultados. Lo determinante es la preparación, la visión de Estado, la capacidad de gestión y el compromiso con el bienestar colectivo.
El cambio no es necesariamente generacional; debe ser racional.
Cuando una sociedad confunde renovación con juventud y experiencia con obsolescencia, corre el riesgo de sustituir la evaluación de los resultados por la fascinación ante lo nuevo. Pero cuando elige sin examinar propuestas, antecedentes y consecuencias, puede terminar pagando el precio de sus propias decisiones.
La experiencia brasileña invita a una reflexión para toda América Latina: antes de cambiar por cambiar, hay que evaluar; antes de condenar el pasado, hay que estudiar sus resultados; y antes de apostar por una nueva generación, hay que comprobar si está preparada para asumir las responsabilidades del poder.
Porque la democracia no consiste en elegir siempre algo diferente. Consiste en tener la libertad de elegir, comparar, rectificar y exigir.
Brasil tiene su propia historia. América Latina tiene que aprender de ella, sin convertir ningún liderazgo en una verdad absoluta.
La pregunta que queda sobre la mesa es contundente: ¿están nuestros pueblos eligiendo por la novedad de los candidatos o por la capacidad real de estos para responder a sus necesidades?
El futuro no pertenece necesariamente a los más jóvenes ni exclusivamente a los más experimentados. Pertenece a quienes logren demostrar, con hechos y resultados, que están preparados para gobernar.

