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La educación light y la adicción a las pantallas: ¿Hacia dónde vamos como sociedad? Parte 1
Por: Jovany Ant. Paulino Hernández Lic. en Dirección y Producción de Cine, Radio y Televisión TV
En las últimas décadas, la educación y la forma en que nos relacionamos han cambiado de manera preocupante. Lo que se supone que debía ser un modelo moderno para ayudar a los jóvenes, se ha convertido en una educación light: Diran que estoy hablando paja, un sistema tan suave donde el esfuerzo ya no parece importar. Hoy en día, un estudiante termina el año escolar y tiene hasta cinco oportunidades para no quedarse de curso. Y lo más increíble es que, al comenzar el nuevo año, todavía debe materias porque el sistema prácticamente prohíbe que un alumno repita.
Ante esta situación, la solución debería ser clara: el estudiante que no apruebe debería pasar sus vacaciones en un curso de verano recuperando lo que dejó. Al mismo tiempo, los padres tienen que sentarse a pensar seriamente en qué están fallando con la crianza de sus hijos.
La costumbre de buscar culpables: De la Biblia a la vida real
Esa maña de no asumir los errores propios no es algo nuevo. Desde que el ser humano empezó a contar la historia del mundo, siempre ha buscado a quién echarle la culpa. En la misma Biblia lo vemos claro: cuando Dios le pregunta a Adán, él le echa la culpa a Dios diciendo que la culpa fue de la mujer que Él le dio. Eva, a su vez, le echó la culpa a la culebra; y la culebra, como no habla, se tuvo que quedar callada porque no tenía a quién culpar.
Con la educación pasa exactamente lo mismo. Para mí, la culpa está repartida en partes iguales: 50 % el sistema educativo por ponerse tan flojo, y 50 % los padres, que tienen que despertar, prestarle más atención a sus hijos y quitarles de las manos ese aparato que tiene al mundo entero atontado frente a una pantalla.
De las horas en la biblioteca al vicio del teléfono
La diferencia con los tiempos de antes es enorme. Años atrás, si uno tenía que hacer una tarea, había que ir a una biblioteca y esperar horas a que se desocupara un libro para poder estudiar. Hoy los muchachos lo tienen todo a la mano con un solo toque en el teléfono, pero como no les cuesta ningún trabajo, no lo aprecian. Prefieren pasar horas pérdidas en las redes sociales que aprender algo útil.
Pero el problema del teléfono no se queda solo en la escuela, también está acabando con la convivencia familiar y social. En una cena, ya sea en familia o en una cita romántica, la gente casi no habla; están más pendientes de tomarle fotos a la comida para subirlas a internet que de disfrutar el plato y la compañía. Vas en el metro o en un autobús y miras a tu alrededor: casi todo el mundo va con la cabeza agachada y la mirada clavada en el teléfono.
¿A dónde vamos a parar si seguimos así? ¿A quedar mudos y tener que hablarnos por señas? Ya es hora de soltar un poco la pantalla. Vamos a dedicarle tiempo a la persona que tenemos al lado, a mirarla a los ojos, a conversar y a volver a escucharnos de verdad.

