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Jimmy Sierra: el hombre que hizo de la cultura una trinchera.

Jimmy Sierra: el hombre que hizo de la cultura una trinchera.
Redacción
  • Publishedagosto 28, 2026
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Crònica:



Semblanza épica de Julio Samuel “Jimmy” Sierra

Por José “Chino” Bujosa Mieses
Hay hombres que ejercen una profesión durante toda su vida.
Y hay otros a quienes una sola profesión no les alcanza para contener todo cuanto llevan dentro.
Julio Samuel “Jimmy” Sierra perteneció a estos últimos.
Fue periodista, abogado, profesor universitario, historiador, cineasta, dramaturgo, director teatral, cuentista, productor de radio y televisión, investigador y promotor cultural.
Pero todavía esa enumeración resulta insuficiente.
Porque Jimmy Sierra fue, esencialmente, un militante de la cultura dominicana, un hombre que convirtió la cámara, el escenario, el libro, el periódico, el micrófono y la enseñanza en instrumentos para combatir la ignorancia, la injusticia y el olvido.
Nació en Najayo, San Cristóbal, el 16 de diciembre de 1944, bajo aquella República Dominicana sometida todavía a la larga noche de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.
Murió en Santo Domingo el 18 de agosto de 2020, dejando tras de sí una extraordinaria producción intelectual y artística y, sobre todo, una huella humana imposible de borrar.
El muchacho que comenzó rebelándose
Jimmy no esperó llegar a la adultez para asumir posiciones frente a la realidad que lo rodeaba.
Apenas tenía catorce años cuando comenzó a organizar jóvenes que se oponían a la dictadura.
En 1960, siendo estudiante del Liceo Eugenio María de Hostos, creó el periódico El crítico del Primero E.
Dos años después fundó el Club Estudiantil de Jóvenes Amantes de la Cultura, CEJAC.
Desde entonces comenzaba a perfilarse aquella característica que lo acompañaría durante toda su existencia:
Jimmy nunca separó la cultura del compromiso social.
Abril de 1965: cultura en medio de la guerra
Cuando estalló la Revolución Constitucionalista del 24 de Abril de 1965, Jimmy Sierra estuvo allí.
Participó de aquel proceso que estremeció para siempre a nuestra generación y que, después de la intervención militar de los Estados Unidos, convirtió las calles de Santo Domingo en trincheras de resistencia nacional.
Jimmy encontró incluso en medio de la guerra una manera singular de combatir.
En la Zona Constitucionalista creó una escuela destinada a alfabetizar a los combatientes.
Mientras unos empuñaban los fusiles y otros levantaban barricadas, Jimmy levantaba también otra trinchera:
la trinchera del conocimiento.
Era su manera de demostrar que enseñar también podía ser una forma de resistencia.
Que la cultura podía marchar junto a la revolución.
Y que un pueblo que aprendía a leer comenzaba también a comprender mejor por qué luchaba.
9 de febrero de 1966: juntos frente a las ametralladoras
Pero nuestras vidas volverían a cruzarse muy pronto en otro episodio dramático de la historia nacional.
Jimmy y yo estuvimos juntos durante la Masacre Estudiantil del 9 de febrero de 1966.
Aquella mañana, jóvenes estudiantes marchaban hacia el Palacio Nacional.
No llevaban fusiles.
No iban a tomar el poder.
Reclamaban reivindicaciones que considerábamos fundamentales para la democracia que todavía intentaba nacer de las cenizas de Abril.
Pedíamos la salida definitiva de las tropas norteamericanas del territorio nacional.
Reclamábamos la entrega del presupuesto que correspondía a la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Y defendíamos el reconocimiento de las autoridades surgidas del Movimiento Renovador Universitario, aquel extraordinario proceso que había comenzado a barrer con la herencia académica e ideológica dejada por la dictadura trujillista e impulsaba una profunda reforma de nuestra universidad.
Frente a aquellos estudiantes indefensos se levantó la violencia.
Desde el interior de los jardines del Palacio Nacional, detrás de la verja perimetral, policías apostados en el recinto apoyaron sus armas sobre la verja y dispararon ráfagas de ametralladora contra los manifestantes.
El resultado fue terrible:
cuatro estudiantes asesinados y más de dieciséis heridos de bala.
Jimmy estaba allí.
Yo también.
Y aquel episodio quedó grabado para siempre en nuestra memoria.
Porque algunos acontecimientos no se recuerdan solamente con la mente.
Se recuerdan con las heridas de una generación.
El dirigente que buscaba unir
En aquellos años Jimmy Sierra era dirigente estudiantil de la Juventud Revolucionaria Cristiana.
Pero jamás permitió que una militancia determinada levantara muros entre él y quienes actuaban desde otras organizaciones políticas o estudiantiles.
Todo lo contrario.
Mantuvo relaciones estrechas con dirigentes provenientes de las distintas corrientes que convergían en las luchas universitarias y democráticas.
Jimmy poseía una cualidad extraordinaria:
sabía disentir sin convertir al discrepante en enemigo.
Era conciliador.
Unitario.
Solidario.
Buscaba puntos de encuentro.
En una época donde las pasiones ideológicas podían producir rupturas profundas, Jimmy conservaba la amistad por encima de muchas diferencias.
Quizás por eso tantos hombres y mujeres provenientes de posiciones políticas diferentes podían sentarse alrededor de una mesa con él.
Porque Jimmy escuchaba.
Debatía.
Argumentaba.
Pero también sabía querer.
Villa Juana: donde comenzó nuestra amistad
Hablar de Jimmy Sierra para mí no constituye solamente reconstruir la trayectoria de una figura de la cultura dominicana.
Hablar de Jimmy es también hablar de una parte de mi propia vida.
Nos conocimos desde niños en el inolvidable barrio de Villa Juana.
Éramos muchachos del barrio.
Ninguno podía imaginar entonces hasta dónde nos llevarían los caminos de la vida.
Aquella amistad nacida en la infancia sobrevivió a los años, a las luchas políticas, a la Revolución de Abril, a las persecuciones, al periodismo, al cine, a la televisión y a las transformaciones que experimentó el país.
Y no fui el único amigo de aquellos tiempos que Jimmy conservó.
Desde aquel universo humano de Villa Juana cultivó también una larga relación de amistad con quien décadas después llegaría a ocupar la Presidencia de la República, Leonel Fernández.
Esa capacidad de conservar los afectos era parte esencial de Jimmy.
No olvidaba fácilmente al amigo.
No medía las amistades por cargos ni posiciones sociales.
Para él, muchas veces, el amigo seguía siendo simplemente aquel muchacho conocido en las calles del barrio.
Jimmy, el ser humano
Detrás del intelectual de múltiples facetas existía un hombre profundamente atento a quienes lo rodeaban.
Jimmy era amigo de sus amigos.
Preguntaba por ellos.
Se preocupaba cuando alguno enfermaba.
Llamaba.
Visitaba.
Buscaba información.
Ofrecía solidaridad.
Tenía esa forma particular de amistad que no se expresa solamente en los momentos felices, sino especialmente cuando llega la adversidad.
Era atento.
Cariñoso.
Solidario.
Y profundamente familiar.
Construyó una bella familia, a la que fue integrando de manera natural a muchas de sus actividades culturales y sociales.
Su casa, sus proyectos y sus amistades terminaban frecuentemente entrelazándose.
Porque Jimmy no levantaba grandes fronteras entre el creador y el ser humano.
La cultura era también convivencia.
La amistad era cultura.
La familia era parte de aquel universo creador.
Cuando nuestras cámaras se encontraron
Con Jimmy trabajé directamente en uno de sus proyectos televisivos más recordados:
“Contacto-Imagen”.
Aquello no significaba solamente producir televisión.
Significaba experimentar.
Buscar nuevos lenguajes.
Intentar utilizar los medios de comunicación como instrumentos educativos, históricos y culturales.
Juntos participamos también en la fundación del Instituto Dominicano de Cine y Televisión, movidos por aquella aspiración de contribuir a crear las bases de una cinematografía nacional.
Jimmy había comenzado a abrir caminos en el cine documental dominicano.
Entre aquellos trabajos se encontraban “Viacrucis” y “7 Días con el Pueblo”.
En ambos tuve el privilegio de trabajar junto a él como productor.
Éramos parte de una generación que hacía cine cuando en nuestro país hacerlo constituía casi una aventura.
Faltaban recursos.
Faltaban laboratorios.
Faltaban instituciones.
Pero sobraban sueños.
Caracas: la solidaridad de Peña Gómez
Tres documentales de aquella etapa nos llevaron hasta Caracas, Venezuela, para completar su edición:
“Viacrucis”.
“7 Días con el Pueblo”.
Y “Rumbo al Poder”, documental que tuve el honor de dirigir.
Aquella posibilidad fue facilitada por José Francisco Peña Gómez.
Peña Gómez tenía excelentes relaciones con los dirigentes de Acción Democrática de Venezuela, los adecos, y nos entregó una carta que permitió abrir las puertas necesarias para realizar aquel trabajo.
Así llegamos a Caracas cargando películas, esperanzas y fragmentos de historia dominicana.
Jimmy y yo compartimos también esa aventura.
Rumbo al Poder
Mi documental “Rumbo al Poder” narraba el proceso político y electoral que culminó con la histórica victoria de Don Antonio Guzmán Fernández en 1978, poniendo fin a los llamados Doce Años de Joaquín Balaguer.
Aquel documental llevaba una dedicatoria que para mí constituía un acto de justicia política.
Fue dedicado a José Francisco Peña Gómez, a quien definí como:
“El arquitecto de la victoria electoral de Don Antonio Guzmán”.
Peña había sido pieza fundamental en aquella batalla democrática.
Para nosotros, aquellos documentales no eran únicamente películas.
Eran testimonios.
Eran documentos históricos.
Eran fragmentos vivos de la memoria nacional.
Detrás y delante de las cámaras
Nuestra colaboración profesional continuó posteriormente.
Jimmy me incorporó como actor en su serie televisiva “En la boca de los tiburones”.
La vida completaba así uno de esos círculos maravillosos.
Habíamos comenzado siendo dos muchachos en Villa Juana.
Luego habíamos participado en luchas sociales y políticas.
Habíamos compartido jornadas cinematográficas detrás de las cámaras.
Y años después Jimmy me colocaba delante de ellas.
Eso era Jimmy.
Siempre inventando.
Siempre creando.
Siempre reuniendo amigos alrededor de una nueva aventura.
El Teórico y sus tertulias
Entre sus amigos, Jimmy era también “El Teórico”.
Y aquel nombre adquirió una dimensión especial en las tertulias que organizaba.
Participé muchas veces en aquellas tertulias literarias del Teórico.
Allí se hablaba de todo.
Literatura.
Historia.
Política.
Cine.
Teatro.
Revolución.
Televisión.
Personajes del barrio.
Viejas luchas.
Nuevos libros.
Jimmy podía viajar en pocos minutos desde Trujillo hasta García Márquez; desde Abril de 1965 hasta una película europea; desde una anécdota de Villa Juana hasta una discusión sobre el destino de la sociedad dominicana.
Su conversación era otra forma de creación.
Los Sobrevivientes
También compartimos durante años los Encuentros Navideños de aquel grupo de viejos amigos que denominábamos significativamente:
“Los Sobrevivientes”.
El nombre encerraba toda una filosofía.
Éramos sobrevivientes de una época convulsa.
Sobrevivientes de luchas.
De persecuciones.
De cárceles.
De sueños.
De frustraciones.
De victorias.
Y, sobre todo, sobrevivientes de muchos amigos que se habían quedado en el camino.
Aquellos encuentros eran una celebración de la amistad, pero también de la memoria.
Y Jimmy constituía parte esencial de ellos.
El cineasta que persiguió la memoria
Jimmy Sierra comprendió muy temprano que un país que no conserva sus imágenes corre el riesgo de perder una parte de sí mismo.
Por eso filmó.
Investigó.
Archivó.
Reconstruyó.
Fundó instituciones.
Impulsó el Circuito Popular de Cine, llevando películas hacia comunidades alejadas de los grandes centros urbanos.
Filmó nuestra literatura.
Nuestro teatro.
Nuestra pintura.
Nuestros personajes.
Nuestra historia.
Realizó Lilís.
Trabajó sobre Hostos.
Investigó los aportes de los inmigrantes árabes.
Hizo documentales sobre diferentes expresiones de la cultura nacional.
Parecía perseguir permanentemente una obsesión:
que nada importante de la cultura dominicana desapareciera sin dejar testimonio.
El hombre que atrapaba fantasmas
Quizás por eso uno de sus títulos más conocidos terminó convirtiéndose, sin proponérselo, en metáfora de su propia existencia:
“El hombre que atrapaba fantasmas”.
Aquella producción sobre los crímenes del trujillismo permaneció vetada durante siete años antes de poder llegar a la televisión, y cuando finalmente salió al aire lo hizo mutilada.
Pero Jimmy ya había ganado la batalla principal.
Había atrapado aquellos fantasmas.
Los había obligado a comparecer ante la historia.
Porque sabía que las dictaduras no terminan solamente cuando desaparece el dictador.
Terminan verdaderamente cuando una sociedad puede mirar de frente su pasado.
El escritor y cronista
Jimmy escribió muchísimo.
Publicó cuentos, investigaciones, artículos, literatura infantil y novelas.
Durante años escribió la serie “Yo estaba allí”, reconstruyendo acontecimientos de nuestra historia.
Utilizó también los seudónimos Sebastián de Lorena, Esmeraldo Paz y Lamberto Mesa para abordar distintos aspectos de la propaganda, los medios y la realidad política dominicana.
De esa pasión nació igualmente “La historia se escribió así”, que llevaría posteriormente a la televisión mediante cápsulas históricas.
Publicó obras como Bordeando el río, El mester de la ironía, La ciudad de los fantasmas de chocolate y los inolvidables Cuentos de Papá Leche.
Idolatría
En los últimos años de su vida apareció “Idolatría”, novela que fue ampliamente comentada en círculos culturales de diferentes provincias.
Tuve la satisfacción de participar en varios de aquellos encuentros.
Y allí volvía a encontrar al Jimmy de siempre.
Escuchando.
Debatiendo.
Sonriendo.
Defendiendo personajes.
Explicando ideas.
Provocando discusiones.
Haciendo cultura.
Porque Jimmy nunca entendió un libro como una pieza destinada solamente a ocupar un anaquel.
Para él un libro tenía que producir conversación.
Tenía que provocar pensamiento.
Tenía que caminar entre la gente.
18 de agosto de 2020
Cuando Jimmy Sierra murió el 18 de agosto de 2020, su partida produjo un profundo vacío.
Fue un duro golpe para la cultura dominicana.
Pero para quienes fuimos sus amigos, el golpe tuvo también otra dimensión.
Porque no había muerto solamente el cineasta.
Ni solamente el escritor.
Ni el dramaturgo.
Ni el periodista.
Ni el profesor.
Ni el investigador.
Había muerto también el amigo.
En mi caso, se había ido aquel muchacho que conocí desde Villa Juana.
El compañero de Abril.
El compañero de aquella dolorosa jornada del 9 de febrero de 1966.
El compañero de Contacto-Imagen.
El compañero de Viacrucis.
El compañero de 7 Días con el Pueblo.
El compañero de nuestras aventuras cinematográficas en Caracas.
El Teórico de las tertulias.
El amigo de Los Sobrevivientes.
El hombre cercano a mi familia.
El amigo fiel.
Yo también puedo decir: “Yo estaba allí”
Jimmy utilizó durante años aquella hermosa expresión para una de sus series periodísticas:
“Yo estaba allí”.
Y al escribir hoy sobre él puedo tomar prestadas esas palabras.
Porque yo también puedo decir:
Yo estaba allí.
Estuve con Jimmy.
Compartimos barrio.
Compartimos luchas.
Compartimos cámaras.
Compartimos documentales.
Compartimos televisión.
Compartimos tertulias.
Compartimos amigos.
Compartimos aquella hermosa e irreverente esperanza de que la cultura podía contribuir a transformar nuestro país.
Por eso mi recuerdo de Julio Samuel “Jimmy” Sierra no puede reducirse al gran intelectual que registra la historia cultural dominicana.
Yo recuerdo también al ser humano.
Al hombre preocupado cuando enfermaba un amigo.
Al conciliador.
Al solidario.
Al dirigente que buscaba unir.
Al hombre familiar.
Al compañero atento.
Al amigo cariñoso.
Al eterno Teórico.
Al muchacho de Villa Juana que nunca perdió completamente aquella capacidad de entusiasmarse ante una nueva idea.
Jimmy no se fue solo
Jimmy Sierra dejó películas.
Documentales.
Libros.
Teatro.
Programas de radio.
Televisión.
Investigaciones.
Canciones.
Discípulos.
Una familia.
Y una inmensa legión de amigos.
Pero dejó algo todavía más importante:
dejó memoria.
Mientras vuelva a proyectarse 7 Días con el Pueblo;
mientras alguien contemple El hombre que atrapaba fantasmas;
mientras un estudiante descubra La historia se escribió así;
mientras un niño vuelva a escuchar los Cuentos de Papá Leche;
mientras un lector abra Idolatría;
mientras alguien recuerde aquellas tertulias;
mientras uno de Los Sobrevivientes pronuncie su nombre;
mientras quienes compartimos con él podamos contar a las nuevas generaciones quién fue,
Jimmy Sierra continuará entre nosotros.
Porque hombres como Jimmy pueden morir físicamente.
Pero no desaparecen.
Quedan dispersos en sus libros.
En sus imágenes.
En sus películas.
En sus alumnos.
En sus hijos.
En sus amigos.
En cada historia que rescataron del olvido.
Jimmy hizo de la cultura una trinchera.
Hizo de la amistad un compromiso.
Hizo de la solidaridad una forma de conducta.
Hizo de la memoria una bandera.
Y de su vida entera,
una obra al servicio de la República Dominicana.
Jimmy Sierra: cineasta, intelectual, combatiente, maestro y amigo.
El hombre que atrapó los fantasmas del pasado para que las generaciones del futuro pudieran mirar de frente su propia historia.

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