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Por Tony Salomón
En tiempos en que la política parece estar dominada por las aspiraciones personales, todavía existen dirigentes capaces de demostrar que la lealtad a una organización política puede estar por encima de cualquier candidatura o interés individual.
Cuando un militante coloca los intereses de su partido por encima de los propios, no está renunciando a la política; por el contrario, está demostrando que entiende su verdadera dimensión.
La política no puede reducirse a una carrera por candidaturas y posiciones. También es disciplina, lealtad, tolerancia y compromiso con una causa colectiva.
Los dirigentes que han construido su trayectoria sobre estos principios terminan demostrando, con hechos y no con discursos, que están preparados para asumir mayores responsabilidades. Y son precisamente esas conductas las que deben ser observadas y valoradas por el verdadero soberano: el pueblo elector.
Esta clase de militante parece ser una especie en extinción. Pero no todo está perdido.
Las elecciones de mayo del 2024 dejaron un ejemplo que merece ser destacado. Rafael Paz encarnó el rostro de la lealtad partidaria.
Paz tenía legítimas aspiraciones y posibilidades reales de competir por una candidatura con posibilidades de triunfo. Sin embargo, cuando su organización tomó sus decisiones, no convirtió su aspiración personal en un conflicto contra el partido.
No hizo de su inconformidad una bandera. No antepuso su proyecto individual al interés de la organización.
Aceptó la decisión y permaneció dentro de la disciplina partidaria.
Ese comportamiento, en una política donde con demasiada frecuencia las aspiraciones personales terminan imponiéndose sobre los intereses colectivos, tiene un valor extraordinario.
La política dominicana necesita más dirigentes como Rafael Paz.
Necesita hombres y mujeres que entiendan que un partido político no puede fortalecerse si cada aspirante considera que su proyecto personal está por encima de las decisiones de la organización.
La tolerancia y la disciplina partidaria no son signos de debilidad. Son condiciones indispensables para preservar y fortalecer el sistema de partidos.
Una organización política que no consigue ordenar democráticamente las aspiraciones de sus dirigentes termina debilitándose desde adentro. Y cuando la ambición individual sustituye la disciplina colectiva, la institución comienza a perder autoridad, identidad y capacidad para gobernar.
Paz lo demostró con hechos.
Su comportamiento dejó una enseñanza que trasciende una candidatura determinada: quien aspira a servir a la nación debe comenzar demostrando que sabe servir a la organización política a la que pertenece.
Porque el verdadero servidor público no puede ser aquel que solamente permanece cuando obtiene lo que quiere.
El verdadero dirigente es aquel que, aun cuando una decisión no favorece su aspiración personal, mantiene intactos sus principios, su lealtad y su compromiso con la causa colectiva.
Ahí comienza la verdadera grandeza política.
No en el cargo que se obtiene.
No en la candidatura que se conquista.
Sino en la capacidad de colocar el interés colectivo por encima de la propia ambición.
Esa es la imagen del verdadero militante.

