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Por: Ángel Ruiz-Bazán
La vida universitaria no solo se construye en las aulas, en los laboratorios o en los espacios de investigación; también se fortalece en los procesos democráticos que permiten a la comunidad académica elegir a sus autoridades. En la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la Universidad Primada de América, los procesos electivos deben ser entendidos como una oportunidad para el crecimiento institucional, la reflexión colectiva y el fortalecimiento de los valores que han distinguido históricamente a esta casa de estudios.
Una campaña electoral universitaria no debería convertirse en un campo de rivalidades ni en un escenario de confrontaciones estériles. Por el contrario, debe ser un espacio para escuchar propuestas, analizar visiones de gestión y evaluar con serenidad el futuro de la academia. Las campañas deben servir para que docentes, estudiantes y servidores universitarios tomen conciencia de los retos que enfrenta la universidad y puedan valorar, con criterio académico, las propuestas de cada uno de los candidatos.
En una institución como la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde la tradición intelectual y humanista ha sido su sello distintivo, las contiendas electorales deben desarrollarse con respeto, dignidad y altura moral. La universidad es, ante todo, una familia universitaria. Y como familia, sus miembros están llamados a convivir en un clima de tolerancia, donde las diferencias de opinión no se conviertan en resentimientos ni en divisiones innecesarias.
Al final, son los docentes, mediante su voto, quienes tienen la responsabilidad de elegir a las autoridades que conducirán los destinos de la institución. Ese acto democrático debe estar sustentado en la confianza, la transparencia y la valoración objetiva de las propuestas, no en artificios ni en estrategias que desvirtúen el espíritu académico del proceso.
Las campañas universitarias no deben sustentarse en rivalidades personalistas ni en prácticas que lesionen la ética académica. La difusión de encuestas fraudulentas, la manipulación de percepciones o cualquier forma de retaliación entre compañeros de la comunidad universitaria constituyen desviaciones que no se corresponden con la naturaleza de una institución dedicada al conocimiento, la reflexión crítica y la formación de ciudadanos.
Cuando en un proceso electoral universitario se recurre a prácticas que no reflejan la realidad preferencial del electorado, no solo se distorsiona la competencia democrática, sino que también se erosiona el clima de confianza que debe prevalecer dentro de la academia. La universidad no es un escenario de confrontación política tradicional, sino un espacio de pensamiento, de diálogo y de respeto mutuo.
No debemos olvidar que la Universidad Autónoma de Santo Domingo tiene una historia que se remonta a los albores de la civilización en el continente americano. Fue fundada el 28 de octubre de 1538, mediante la bula papal In Apostolatus Culmine, promulgada por el papa Paolo III, a solicitud de los monjes dominicos que dirigían la academia en la entonces ciudad colonial de Santo Domingo.
Aquella institución primigenia pronto alcanzó gran prestigio intelectual y fue reconocida como “La Atenas del Nuevo Mundo”, un centro de saber al que acudían estudiantes no solo de la isla, sino también de otras islas del Caribe. En aquella época no existían los procesos electorales como los conocemos hoy; sin embargo, sí prevalecían valores esenciales como el respeto al conocimiento, la disciplina académica y el espíritu de comunidad.
Hoy, casi cinco siglos después, la universidad vive procesos democráticos que son expresión de su evolución institucional. No obstante, esos procesos no deben perder la esencia académica y moral que ha caracterizado históricamente a la institución.
La Universidad no puede permitir que sus campañas electorales se parezcan a las contiendas políticas convencionales, muchas veces dominadas por la confrontación y la descalificación. La academia debe ser ejemplo de civilidad, de debate respetuoso y de construcción colectiva.
En la Universidad Autónoma de Santo Domingo debe prevalecer la familiaridad universitaria, el espíritu académico y el respeto mutuo. Las diferencias de preferencia entre uno u otro candidato deben asumirse con naturalidad, sin que ello genere distancias entre colegas, amigos o compañeros de trabajo.
La grandeza de la universidad no radica únicamente en su historia, sino también en la manera en que su comunidad vive el presente y construye el futuro. Por eso, cada proceso electoral debe convertirse en una lección de civismo académico, en un ejercicio donde el debate de ideas se imponga sobre las pasiones y donde la ética universitaria guíe cada paso.
Porque, al final, no somos simplemente una institución educativa más.
Somos, con orgullo y responsabilidad histórica, la Universidad Primada de América.

