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NO JUGUEMOS CON CANDELA.

NO JUGUEMOS CON CANDELA.
Redacción
  • Publishedseptiembre 29, 2026
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Por Franklin Garcia Fermín

Mantener la estabilidad macroeconómica, el orden institucional, la estabilidad política, la paz social y la seguridad jurídica constituye una condición esencial para que una nación pueda progresar y ofrecer bienestar a sus ciudadanos.
Ninguna sociedad puede construir un proyecto sostenible de desarrollo sobre la incertidumbre, la confrontación permanente, la improvisación o la ausencia de reglas claras. El progreso requiere confianza; y la confianza, a su vez, necesita instituciones sólidas, estabilidad política, seguridad jurídica y una conducción del Estado sustentada en criterios, experiencia y conocimiento.
Por eso, gobernar un país no puede reducirse a administrar coyunturas ni a responder a las emociones del momento. Tampoco puede convertirse en un ejercicio permanente de populismo. La conducción de una nación exige una clase política con formación, experiencia de Estado, sentido de responsabilidad y capacidad para comprender que las decisiones de hoy pueden comprometer el destino de las próximas generaciones.
Desde mi experiencia en la vida pública y política dominicana, y desde esa particular capacidad que uno va desarrollando con los años para “olfatear” el ambiente nacional, debo expresar una preocupación que considero legítima y necesaria: hay sectores que, consciente o inconscientemente, parecen estar jugando con candela.

La crítica es indispensable en una democracia. Una sociedad que no admite la crítica termina debilitando sus propias instituciones. La crítica responsable ayuda a corregir errores, perfeccionar políticas públicas y evitar que quienes ejercen el poder caigan en la autocomplacencia.
Pero una cosa es criticar para corregir y otra muy diferente es criticar para destruir.
La crítica positiva identifica el problema, propone alternativas y contribuye a encontrar soluciones. La crítica destructiva, en cambio, convierte cualquier dificultad en una catástrofe, cualquier error en un fracaso y cualquier deficiencia en una razón para descalificarlo todo.
Cuando llegamos al punto en que nada nos huele bien y todo nos hiede, estamos entrando en un terreno peligroso.

Una democracia no puede funcionar bajo la premisa de que todo está mal. Un país tampoco puede avanzar si sus ciudadanos reciben permanentemente el mensaje de que nada funciona, que las instituciones son inútiles, que quienes gobiernan son incapaces y que los esfuerzos realizados carecen de valor.
Ese discurso, repetido sistemáticamente, termina generando frustración, desconfianza y desesperanza.
Y cuando una sociedad pierde la confianza en sus instituciones, abre las puertas a soluciones aparentemente fáciles para problemas complejos. Ahí está el verdadero peligro.
Tomemos como ejemplo el inicio del año escolar.
Es natural y saludable que los medios de comunicación, los partidos políticos, las organizaciones sociales y los ciudadanos señalen las deficiencias que puedan presentarse. Allí donde exista un aula en malas condiciones, un problema de transporte, falta de materiales, dificultades de organización o cualquier otra situación que afecte a los estudiantes, debe señalarse y debe reclamarse su solución. Eso forma parte de la democracia.
Lo que resulta preocupante es convertir las excepciones en la totalidad y presentar las dificultades como si fueran la esencia del sistema.
Si el 98 % funciona adecuadamente y existe un 2 % que presenta dificultades, no parece razonable que la discusión pública se concentre exclusivamente en ese 2 %, ignorando el esfuerzo realizado y los resultados alcanzados.
El 2 % debe corregirse, naturalmente. Pero el 98 % también merece ser reconocido.
De lo contrario, terminamos construyendo una narrativa nacional en la que los logros desaparecen y solamente sobreviven las deficiencias.
Y una sociedad que solamente mira sus defectos termina perdiendo la capacidad de reconocer sus propias fortalezas. Esto no significa cerrar los ojos ante los problemas. Significa mirarlos en su justa dimensión.
La democracia necesita una prensa vigilante, una oposición activa, una sociedad civil participativa y ciudadanos exigentes. Pero todos esos actores tienen también una responsabilidad: no confundir vigilancia con demolición, ni oposición con negación absoluta de la realidad.

La República Dominicana ha conocido, en distintas etapas de su historia, las consecuencias de la inestabilidad política, económica e institucional.
Sabemos lo que significa vivir en una sociedad sometida a sobresaltos, incertidumbres y confrontaciones que terminan afectando la economía, la inversión, el empleo y, sobre todo, la tranquilidad de las familias. Por eso debemos cuidar lo que hemos construido.
La estabilidad macroeconómica no es un privilegio de un gobierno determinado. Es un patrimonio nacional. La seguridad jurídica no pertenece a un partido político. Es una garantía para todos. La paz social no es propiedad de un sector. Es un bien colectivo.
Y la estabilidad institucional no debe ser utilizada como arma partidaria, porque cuando se debilitan las instituciones, tarde o temprano las consecuencias las paga la sociedad entera.
Podemos y debemos discutir cómo mejorar la economía, cómo elevar la calidad de la educación, cómo enfrentar la inseguridad, cómo reducir la desigualdad, cómo fortalecer la salud pública y cómo hacer más eficientes nuestras instituciones.
Pero debemos hacerlo desde la racionalidad y no desde la desesperación. Desde la propuesta y no desde la negación. Desde la experiencia y no desde la improvisación.
Mi preocupación mayor no es solamente la crítica exagerada del presente. Es lo que puede producir mañana.
Cuando una sociedad se convence de que todo está mal, puede terminar buscando respuestas radicales y figuras que se presentan como salvadores, aunque carezcan de la formación, la experiencia y el criterio necesarios para conducir un Estado moderno.

La historia latinoamericana está llena de experiencias que deberían servirnos de advertencia.
El populismo puede resultar atractivo cuando se presenta como la solución rápida a problemas reales. La improvisación puede parecer audacia cuando se la observa desde la distancia. Pero administrar un Estado no es pronunciar discursos ni alimentar emociones colectivas.
Gobernar requiere conocimiento. Requiere experiencia. Requiere capacidad para tomar decisiones difíciles. Requiere comprender la economía, las instituciones, las relaciones internacionales, la educación, la seguridad, la justicia y, sobre todo, la complejidad de una sociedad moderna.
No podemos sustituir la experiencia de Estado por la popularidad momentánea ni la formación por la capacidad de generar titulares.
Una nación no es un laboratorio para experimentar con fórmulas improvisadas.
Los sectores políticos, empresariales, sociales y de la sociedad civil tienen todo el derecho a cuestionar las políticas públicas. Esa diversidad de opiniones es parte de la democracia y debe ser protegida. Pero también tienen el deber de actuar con responsabilidad.
No podemos convertir cada dificultad en una crisis nacional ni cada error en una prueba de que el sistema ha fracasado.
La democracia necesita contrapesos, pero también necesita responsabilidad.

La oposición tiene que oponerse cuando corresponde, pero también reconocer cuando una política pública produce resultados positivos.
Los empresarios tienen derecho a reclamar mejores condiciones, pero también tienen la responsabilidad de preservar la confianza en la economía nacional.
La sociedad civil debe vigilar al poder, pero sin renunciar al sentido de proporción.
Y los ciudadanos debemos exigir más, pero también debemos aprender a distinguir entre aquello que necesita ser corregido y aquello que funciona razonablemente bien.
Una democracia madura no es aquella en la que todos pensamos igual. Es aquella en la que somos capaces de discrepar sin destruir lo que juntos hemos construido.

La República Dominicana tiene ante sí grandes desafíos. Nadie sensato puede negarlo. Pero enfrentar esos desafíos exige preservar la estabilidad y, al mismo tiempo, trabajar para perfeccionarla.
No se trata de conformarnos. No se trata de decir que todo está bien. No se trata de renunciar a la crítica. Se trata de entender que criticar responsablemente es una forma de construir.

Mi inquietud es que, en medio de la legítima lucha política, terminemos deteriorando la confianza que tanto ha costado construir y creando las condiciones para que aparezcan propuestas y liderazgos que, amparados en el descontento, ofrezcan soluciones fáciles a problemas difíciles.
Ya hemos visto demasiadas veces en América Latina cómo comienza ese proceso y cuáles pueden ser sus consecuencias.
La República Dominicana no puede darse el lujo de jugar con fuego. Podemos discrepar. Podemos criticar. Podemos exigir. Podemos denunciar. Pero no debemos destruir por destruir. Porque una vez que se pierde la estabilidad, recuperarla puede costar generaciones.
No juguemos con candela. La democracia se fortalece corrigiendo sus errores, no incendiando sus cimientos.
* Pasado Rector UASD y Ministro MESCYT.

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