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Ningún imperio ha sobrevivido al tiempo. Todos han desaparecido, incluso aquellos que se creyeron eternos, como el Imperio Romano, otomano, español, francés, ruso, inglés, chino, egipcio, etc. ¡Todos desaparecieron! Es la dialéctica de la naturaleza. ¡Nada es eterno!
Estados Unidos se resiste a perder su hegemonía. Patalea en medio del océano político para no ahogarse, pero se hunde cada vez más dirigido por un hombre desequilibrado mentalmente, misántropo, sociópata diagnosticado, ególatra, racista, mitómano que ha hecho de la mentira un arma política. (El Washington Post le calculó más de 30 mil falsedades en poco más de dos años.
Hoy se habla de 35 mil mentiras, 50 al día. Sobre ese personaje que inexplicablemente fue electo presidente, fue declarado culpable de 34 delitos, sin incluir el asalto al Capitolio donde murieron cinco personas, evasión del pago de impuestos, abuso sexual, violación, entre otros).
Donald Trump me recuerda al emperador Nerón, un loco que incendió Roma en el año 46 después de Cristo, abuelo de Calícúla, otro maldito loco; Trump me recuerda también al fascista y xenófobo, igual de sociópata de, Adolf Hitler, protagonista de la Segunda Guerra Mundial que costó más de cien millones de seres humanos.
En su enajenación o demencia, el presidente de Estados Unidos amenaza con secuestrar, matar, invadir, destruir con aranceles unilaterales, impuestos mercenarios, a todos los que se les oponen, incluso dentro de su propio país.
El Derecho Internacional, el Tribunal de Justicia, una conquista de la humanidad tras la Segunda Guerra Mundial con la creación de las Naciones Unidas, (ONU), que mantuvo el equilibrio y la paz, en medio de la guerra fría, ha sido destruido por Donald Trump.

