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Por Tony Salomón
Santiago Matías no representa un fenómeno político, mucho menos una opción de poder para la República Dominicana. Su anunciada aspiración presidencial debe ser entendida, más bien, como una expresión del momento de desconcierto que vive una parte de nuestra sociedad.
Mientras el país enfrenta el aumento del costo de la vida, las dificultades de la canasta familiar, los problemas del servicio eléctrico, la inseguridad ciudadana y un preocupante deterioro de la confianza en algunas instituciones, el debate público parece concentrarse en una candidatura que, hasta ahora, carece de una trayectoria política, institucional y administrativa que permita evaluarla como una verdadera alternativa de gobierno.
¿Es Santiago Matías el problema? No necesariamente. El verdadero problema es que su irrupción política puede convertirse en una formidable distracción frente a los asuntos que realmente preocupan a los dominicanos.
El fenómeno de los outsiders
La historia reciente ofrece ejemplos de figuras que llegaron al poder desde fuera de los partidos tradicionales. Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Alberto Fujimori en Perú, Jair Bolsonaro en Brasil y Donald Trump en Estados Unidos son expresiones diferentes de ese fenómeno.
Los llamados outsiders pueden surgir cuando una sociedad pierde confianza en sus instituciones, en los partidos políticos tradicionales o en quienes han gobernado durante años. Su aparición, por tanto, no ocurre en el vacío: suele ser consecuencia de una crisis de representación.
Pero una cosa es canalizar el descontento social y otra muy distinta es estar preparado para gobernar un Estado.
La Presidencia de la República no es una plataforma de entretenimiento, ni una extensión de las redes sociales, ni un escenario para medir popularidad. Gobernar exige conocimiento, preparación, equipo, visión de Estado, experiencia administrativa y, sobre todo, respeto absoluto por la Constitución y las instituciones democráticas.
Algunos de los gobiernos encabezados por outsiders han generado fuertes controversias institucionales y conflictos alrededor de los límites del poder. Esa experiencia debería servirnos de advertencia, no de inspiración automática.
¿Una distracción conveniente?
El ruido generado alrededor de la eventual candidatura de ALOFOKE ha adquirido una dimensión que merece ser observada con detenimiento.
Cuando la conversación nacional se concentra en una figura mediática, mientras quedan en segundo plano los problemas cotidianos de millones de dominicanos, cabe preguntarse a quién beneficia esa distracción.
El ciudadano quiere respuestas sobre el costo de los alimentos, el empleo, la seguridad, la electricidad, la salud, la educación y la calidad de los servicios públicos. También quiere saber qué está ocurriendo con nuestras instituciones y hacia dónde conduce el país el modelo de gestión actual.
Esos son los temas que deberían ocupar el centro de la agenda nacional.
No debemos permitir que el espectáculo sustituya al debate político.
Una sociedad que está despierta
La sociedad dominicana ha demostrado que sabe distinguir entre popularidad y liderazgo.
Las encuestas, las conversaciones cotidianas y las expresiones provenientes de distintos sectores sociales reflejan que existe un malestar que no puede ocultarse mediante campañas publicitarias, discursos o fenómenos mediáticos.
El pueblo dominicano está observando.
Y está observando porque nuestra sociedad tiene una larga tradición política, cultural, social y religiosa. Hemos construido instituciones, partidos, movimientos sociales y organizaciones que, con sus luces y sombras, forman parte de una historia democrática que no puede ser sustituida de la noche a la mañana por la popularidad acumulada en las plataformas digitales.
La política es mucho más que influencia.
No todo lo viral es liderazgo
La República Dominicana necesita renovación, pero renovación con contenido.
Necesita nuevos liderazgos, pero liderazgos preparados.
Necesita participación ciudadana, pero participación responsable.
Necesita cuestionar a los partidos políticos cuando sea necesario, pero no destruir el sistema institucional sin ofrecer una alternativa seria.
No haría causa común con un outsiders porque sea popular o porque tenga millones de seguidores. Mucho menos con quienes, desde los medios de comunicación y las plataformas digitales, puedan terminar convirtiendo la política en un espectáculo permanente.
La influencia también implica responsabilidad.
Quien pretenden dirigir una nación debe comprender que cada palabra, cada propuesta y cada decisión puede afectar la vida de millones de personas.
República Dominicana merece
más
La República Dominicana no necesita una distracción.
Necesita respuestas.
No necesita convertir la política en entretenimiento.
Necesita recuperar la confianza en sus instituciones.
No necesita confundir seguidores con electores, ni audiencia con ciudadanía.
Necesita liderazgo.
Santiago Matías tiene todo el derecho constitucional de aspirar a la Presencia de la República. También tiene derecho a intentar convencer a los dominicanos de que posee las condiciones para gobernar.
Pero los dominicanos tenemos el mismo derecho de preguntarnos si estemos frente a una verdadera alternativa política o simplemente ante otro fenómeno mediático.
Mi respuesta por ahora es clara:
República Dominicana está despierta y sobria.
Si la estrategia es distraer al país de sus verdaderos problemas te equivocaste «ALOFOKE»

