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Por: Ángel Ruiz Bazán
Aquella tarde el viento bajó a la plaza como un mensajero antiguo. Los niños corrían sobre las piedras tibias del pueblo, levantando al cielo sus sueños hechos de papel y colores. Entre todas, había una cometa azul, con destellos dorados en los bordes, que parecía llevar en su pecho un secreto. La sostenía un niño de ojos grandes, que apretaba el hilo con la fe intacta de quien aún cree que el cielo puede tocarse.
La cometa ascendió temblorosa al principio, luego firme, luego radiante. Subió tanto que la plaza se volvió un suspiro, y los niños, puntitos diminutos moviéndose sobre la tierra. Desde aquella altura, contempló al ser humano como quien observa un latido frágil: tan pequeño frente a la inmensidad, tan débil ante el viento del tiempo. Y, sin embargo, tan inmenso en su capacidad de crear, de soñar, de amar como una chispa encendida por Dios en medio del polvo.
La cometa vio las contradicciones que desde abajo no se perciben: manos que abrazan y empujan, voces que bendicen y hieren, corazones que comparten y otros que se encierran en el egoísmo. Y aun así, percibió algo sagrado: cada niño que corría en la plaza era una obra irrepetible, un destello del amor divino, llamado a amar como fue amado.
Fue entonces cuando la vio.
Un ave blanca cruzó el cielo con la serenidad de quien no conoce cadenas. Sus alas abiertas eran un poema en movimiento. Volaba libre, sin hilos, sin manos que la reclamaran al atardecer. Se acercó con curiosidad a la cometa suspendida.
—¿Qué te ata a la tierra? —preguntó el ave con su vuelo circular.
—Un niño —respondió la cometa en el lenguaje del viento—. Y el amor que me sostiene.
El ave sonrió en el aire. Desde ese día, comenzaron a volar juntas. El ave le enseñó a escuchar el susurro de las nubes, a confiar en las corrientes invisibles, a comprender que la libertad no es altura, sino plenitud. La cometa le habló del niño, de la plaza, de las risas que subían como plegarias. Le habló de la fragilidad humana, de su grandeza escondida, de su necesidad urgente de aprender a amarse unos a otros.
Y el romance creció, no como llama que consume, sino como luz que revela.
Pero llegó la hora del regreso. Abajo, el niño comenzó a recoger el hilo. El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de naranja y promesa. La cometa sintió el tirón en su pecho de papel. Miró hacia abajo: la tierra, la infancia, las manos pequeñas que la habían elevado. Miró hacia arriba: el ave, el horizonte, la eternidad abierta.
—Debo volver —susurró con tristeza.
—Solo vuelve quien teme perder —respondió el ave—. El amor verdadero no encierra, libera.
El hilo se tensó más fuerte. El niño reía, ajeno al conflicto que vibraba en lo alto. La cometa pensó en los hombres: en su deseo de poseer, en su miedo a soltar, en su lucha entre el egoísmo y la entrega. Pensó también en Dios, que ama sin atar, que crea sin dominar, que deja volar incluso a quienes podrían olvidarlo.
Y comprendió.
Con un leve estremecimiento, dejó que el viento hablara por ella. El hilo se quebró como un suspiro que se convierte en decisión. Abajo, el niño sintió el vacío en sus manos y miró al cielo con asombro y una sombra de tristeza. Pero en sus ojos también nació una lección: amar no es retener, es desear la plenitud del otro.
Libre al fin, la cometa ascendió junto al ave. Ya no era objeto ni juguete: era vuelo compartido. Desde las alturas, miraron la plaza, los niños, el mundo pequeño y contradictorio. Y como una bendición silenciosa, la cometa deseó que cada ser humano aprendiera a amar como Dios ama: sin egoísmo, sin cadenas, con la grandeza humilde de quien sabe que es pequeño y, a la vez, infinitamente valioso.
El viento siguió soplando.
En la plaza, otros niños lanzaron nuevas cometas. Y en lo alto, entre nubes que parecían abiertas por la luz, una cometa azul volaba eternamente enamorada, recordándole al mundo que la verdadera libertad nace cuando el amor deja de poseer y comienza a elevar.

