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Un mundo que normaliza lo vulgar y premia lo inmoral.

Un mundo que normaliza lo vulgar y premia lo inmoral.
Redacción
  • Publishedoctubre 5, 2026
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Por Franklin García Fermín

Vivimos en un mundo convulso, complejo y profundamente marcado por el acelerado desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación. Nunca antes la humanidad había dispuesto de instrumentos tan poderosos para comunicarse, acceder a información, producir conocimiento y participar en los asuntos públicos. Esta transformación tecnológica ha generado importantes oportunidades para el desarrollo social y humano, pero también plantea desafíos que requieren una reflexión crítica y responsable (Tünnermann, 2007).

La tecnología ha modificado sustancialmente nuestras formas de relacionarnos, de comunicarnos, de hacer política y de interpretar la realidad. Los medios de comunicación y, particularmente, las redes sociales han contribuido a democratizar la producción y circulación de información, ampliando las posibilidades de participación ciudadana y de expresión individual. Sin embargo, este proceso también ha configurado un nuevo escenario comunicacional en el que, con frecuencia, la velocidad se impone sobre la reflexión, la emoción sobre la argumentación y el espectáculo sobre el contenido.

En este contexto, resulta necesario prestar atención a un fenómeno que trasciende el ámbito estrictamente tecnológico: la progresiva banalización de determinados valores sociales y culturales. En ocasiones, pareciera que asistimos a la configuración de un entorno en el que lo vulgar adquiere una preocupante visibilidad y determinadas conductas cuestionables reciben reconocimiento social. La provocación puede generar mayor atención que una propuesta fundamentada; el escándalo, mayor audiencia que la información rigurosa; y la descalificación, mayor difusión que el argumento sustentado en razones.

No se trata, sin embargo, de demonizar la tecnología, cuestionar el progreso científico o idealizar el pasado. Se trata de comprender que el desarrollo tecnológico, por sí mismo, no garantiza el desarrollo humano. Ninguna sociedad puede avanzar de manera sostenible si pierde sus referentes éticos, culturales y cívicos. El progreso material adquiere verdadero sentido cuando está acompañado de una cultura basada en la responsabilidad, el respeto, la solidaridad y la dignidad de la persona.

En esta realidad, los actores políticos tienen una responsabilidad particularmente relevante. Quienes ejercen o han ejercido funciones públicas no pueden limitar su actuación a reaccionar ante las tendencias momentáneas de las redes sociales ni convertir la actividad política en una competencia permanente por alcanzar mayor visibilidad. La política debe preservar su condición de instrumento de transformación social y de servicio al bien común.

La sociedad tiene que ser capaz de mirar esta realidad de frente, analizarla con sentido crítico, identificar sus causas y, sobre todo, plantear alternativas. No resulta coherente aspirar a construir una sociedad democrática, educada y desarrollada cuando una parte importante de nuestros adolescentes y jóvenes está expuesta cotidianamente a mensajes que pueden asociar el éxito con el dinero fácil, la fama inmediata, la exhibición permanente, la banalización de la conducta o la ausencia de principios.

La respuesta a este fenómeno, sin embargo, no puede consistir en la censura ni en el rechazo de las nuevas tecnologías. El desafío consiste en promover una ciudadanía mejor formada, dotada de pensamiento crítico y capaz de discernir entre información y manipulación, entre libertad de expresión y ejercicio irresponsable de esa libertad, entre popularidad y liderazgo, y entre visibilidad pública y verdadero reconocimiento social.

En este proceso, la educación adquiere una dimensión estratégica. La familia, la escuela, la universidad, los medios de comunicación y las instituciones públicas tienen que asumir, desde sus respectivos ámbitos de responsabilidad, la tarea de formar ciudadanos capaces de utilizar las tecnologías de manera consciente, ética y responsable, sin convertirse en dependientes de ellas ni permitir que estas determinen sus criterios de comportamiento, sus valores o su visión del mundo.

La universidad, en particular, tiene una responsabilidad fundamental en este desafío. Su misión no debe limitarse a la transmisión de conocimientos técnicos y profesionales. También debe contribuir a la formación de ciudadanos capaces de analizar críticamente la realidad, participar responsablemente en la sociedad y utilizar el conocimiento científico y tecnológico al servicio del bienestar colectivo.

La política, por su parte, debe asumir el compromiso de ofrecer un referente ético. En tiempos caracterizados por el ruido informativo y la estridencia comunicacional, necesitamos más ideas y menos improvisación; frente a la polarización, más diálogo; ante la cultura del espectáculo, mayor responsabilidad; y frente a la tendencia a convertir toda actividad pública en una mercancía comunicacional, debemos reivindicar la dignidad inherente al ejercicio de la función pública.

El desafío de nuestro tiempo, por tanto, no consiste únicamente en aprender a dominar las nuevas tecnologías. Consiste también en impedir que estas terminen condicionando o desplazando nuestros valores fundamentales. Como ha advertido el filósofo español Javier Echeverría, la transformación tecnológica plantea profundas implicaciones para la vida social, cultural y humana, por lo que su desarrollo debe estar acompañado de una reflexión crítica sobre sus efectos y responsabilidades.

Una sociedad verdaderamente moderna no puede definirse únicamente por la cantidad de tecnología que posee ni por la velocidad con que incorpora nuevas herramientas digitales. Su verdadero nivel de desarrollo debe medirse también por su capacidad para utilizar esos avances en beneficio de las personas, fortalecer la educación, promover la cultura, ampliar las oportunidades, consolidar la convivencia democrática y defender valores esenciales para la vida colectiva.

En definitiva, el progreso tecnológico no debe conducirnos a una pérdida de referentes éticos y culturales, sino convertirse en una herramienta para fortalecerlos. El reto consiste en construir una sociedad capaz de aprovechar las extraordinarias posibilidades de la tecnología sin renunciar a aquello que le da sentido al desarrollo humano: la educación, la responsabilidad, la solidaridad, la justicia, la cultura y el respeto a la dignidad de cada persona.

Porque una sociedad verdaderamente avanzada no es aquella que simplemente posee más tecnología, sino aquella que sabe ponerla al servicio de una vida colectiva más justa, más culta, más democrática, más humana y, sobre todo, más digna.

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